Capítulo XVII
Excusad mi torpe pluma / señoras y caballeros
pues no ha habido ni habrá / en los siglos venideros
cantor con tan poca gracia / en declamar sus versos
como éste a quien sus padres / pusieron por nombre Guillermo.
Pintaros quiero mi historia / con los colores más ciertos
que me permita la virgen / María que está en los cielos,
a cuya Gracia le pido / fuerzas para el mío aliento
y paciencia al auditorio / para escuchar lo que cuento.
Que mester de juglaría / no es propio de caballero
bien lo sé, mas, ¿que le importa / lo que es propio a un hombre viejo?
Pues que juglares no cantan / mis penas y mis desvelos
como cantaron del Cid, / de Roldán y de otros fieros
capitanes de mesnadas / y caudillos de guerreros,
que los cante yo es justicia / y aunque no sean mis hechos
parejos a los de tales / señores, tengo por cierto
que os ha de dar algún gozo / o al menos entreteneros.
Como bien sabréis aquellos / que leyerais mi relato
llegaba a su fin septiembre / y andaba corriendo el campo
con solas cuarenta lanzas / y durmiendo siempre al raso
mas sabiendo que en Dieppe / había hecho buen trato
y que no habrían de faltarme / tiradores de arco largo.
En tales pensamientos / me hallaba yo concentrado
cuando llamaron al arma / los batidores del campo:
que venían los franceses, / muchos de a pie y de a caballo
y que era Charles de Beaumanoir / el que cabalgaba a su mando.
No quise huir el combate / mas tampoco provocarlo,
vio el de Francia la ventaja / y se vino de buen grado
con arrogancia bizarra / de caballero bien criado,
mas andaban prevenidos / los que luchaban de mi lado.
Chocaron lanzas y bestias, / espadas sangrientas se alzaron,
muchos hombres cayeron, / algunos se levantaron
y otros allí sus ánimas / al Creador entregaron.
De éstos fueron muchos / los franceses que expiraron;
que Dios acoja sus almas / y perdone mis pecados,
que no tengo mayor pena / que el haber muerto cristianos.
Ganado el campo que fue / por los mis fieles soldados,
quedó Charles de Beaumanoir / prisionero en mis manos,
mas a cuenta de haber sido / amigos en el pasado
no lo quise retener / y mandé fuera liberado,
que es de varón prudente / hacer el bien si nos es dado.
Topé más tarde a un inglés, / que se me huyó como galgo,
llamábase Lord Faarn / mas cuando ya le iba alcanzando
me salió al encuentro otro / con la intención de salvarlo.
Juntaron entre los dos / setenta lanzas de largo
y cayeron sobre mi hueste / en nombre del Rey Eduardo;
más les hubiera valido / encomendarse a algún santo,
pues cargué con mis jinetes / y les hice gran estrago,
quedando los más difuntos / y los otros malparados;
de mis lanzas una sola / salió con algún quebranto
y al fugitivo Lord Faarn / lo puse luego a recaudo.
La mesnada de otro inglés, / que Lord Marayirr llamaban
sufrió parejo destino / a manos de mis espadas,
pero escapó su caudillo / al ver tamaña desgracia,
galopando hacia Rouen, / y entrando en aquella plaza.
Quise tomar un respiro / después de tantas batallas,
que era grande la fatiga / que mi gente acumulaba
y era urgente menester / para seguir en campaña
nuevos bríos en los cuerpos / y en el campo nuevas lanzas.
Así me llegué a Chalon / donde siempre me esperaban
aquellos fieles villanos / que el rey Carlos me quitara,
que siempre estaban prestos, / aunque el Diablo les llevara,
a poner su juventud / al servicio de mi causa.
Veinte mozos bien aviados / se unieron a mi mesnada
y en Dijon, seis ballesteros / de a tanto la ballestada.
Mas es sin tregua la vida / de aquel que llaman felón
aunque fuera con justicia / su acto de rebelión.
que bueno fuera este vasallo / si hubiese buen señor,
como decían de aquel / Ruy Díaz Campeador.
Noventa en mi hueste traía, / cuando cerca de Beaumont
cruzáronseme otros tantos / con la flor de lis por blasón,
Bertrand de Guèselle era / su capitán y señor.
Vime en algún mal paso / en la batalla que siguió
pues fue muerto mi caballo / y a poco no lo fui yo;
al verme así desmontado / se vinieron sin honor
a darme muerte en el suelo / mas no les dejé ocasión,
revolvíme espada en mano / y rugiendo de furor
mandé a no pocos franceses / a dar cuentas al Señor.
Mis fuerzas ya menguaban / y un lancero traidor
me dio una mala lanzada / mientras yo enfrentaba un peón.
Allí hubiera dado mi alma / si no es por intercesión
de algún santo bondadoso / y de una carga feroz
que mis buenos caballeros, / viendo mal a su señor,
dieron con mucho acierto / e inusitado valor.
Rompieron líneas los otros, / y la batalla acabó
para mí, pues sin montura, / nunca puede un cazador
prender a la bestia rauda / ni al enemigo veloz.
De otras grandes batallas / y prodigios muy de ver
os he de contar otro día / pues se empieza a entumecer
esta lengua poco ducha / en cantar y en componer.