|
Página 1 de 6
|
AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
| Autor |
Mensaje |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Última edición por HoJu el Vie 02 Apr, 2010 18:00; editado 1 vez
|
#1 Jue 05 Nov, 2009 16:36 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo I
Mi nombre es Guillermo. No necesitaís saber más y tampoco nada más importa. Mi historia comienza en el año de nuestro Señor de 1371. Las tierras de Francia estaban entonces sumidas en una contienda interminable. Las matanzas eran de una cotidianeidad tal que a nadie le espantaba encontrar un campo sembrado de cadáveres y en lugar de correr o rezar, registraban a los muertos en busca de algo de provecho. Todavía se sentían los coletazos de la Gran Peste del año cuarenta y ocho y los sucesivos rebrotes, aumentando la lobreguez de aquellos años tenebrosos, en los que se mezclaban los lamentos de los moribundos por el acero, el fuego y las plgas, con los rítmicos compases de los misereres fúnebres, como un continuo recordatorio de la muerte que era entonces señora del mundo, mientras ingenuos reyes peleaban por las sobras que ella les dejaba.
Eran años duros. Cualquiera diría que no los mejores para buscar y encontrar fortuna, pero si algo me han enseñado el tiempo y las cicatrices es que siempre hay quien se beneficia de los años duros, si es lo suficientemente duro. Al fin y al cabo, también los gusanos prosperan en la podredumbre.
Aquella mñana húmeda de marzo me vi solo, arrojado a la aventura en plena campiña bretona, montando un rocín más que viejo y cubierto por los restos de mi herencia de segundón: un yelmo abollado, un apolillado jubón de cuero y una bolsa cada vez menos pesada desde que salí de la arruinada casa de mi padre, casi tan vacía entonces como lo estaba mi estómago. El único motivo de orgullo en mi miserable impedimenta era una razonable hoja de buen acero, afilada y rebotando sobre mis muslos al ritmo del andar de mi montura, dentro de su raída vaina.

Yo era en aquellos días un joven vigoroso y resuelto, manejaba las armas con soltura y me encontraba presto para emprender mi destino. Y mi destino me llevó a esta tierra de guerra y desolación, donde la naciente proimavera no parecía tener lugar. Aquí esperaba labrarme el nombre que nacer detrás de mi hermano me había negado, aprovechando la necesidad que de hombres tenían tanto ingleses como franceses. Me sentía preparado para lograr la gloria en el campo de batalla y allegar a mi persona botines y honores sin cuento.

Pero tan encomiale menester necesitaba de más brazos que los míos, dispuestos a acometer las más altas empresas. Con mi aspecto poco próspero no me creía en condiciones de unir bajo mi enseña más que piojos y pulgas, séquito poco acorde con mis elevadas espectativas de futuro. Pero Dios no quiso truncar tan pronto mis ambiciones y me envió un grupo de nueve desgraciados que me abordaron en el camino de Brest. "Aquí acabó tu aventura, amigo", me dije y me apresté a rubricar un digno final contra los que se me antojaban bandidos. Cuál sería mi asombro al ver que uno de ellos, armado de todas piezas, desmontó y me hizo una reverencia, presentándose como un escudero libre en busca de señor, como sus compañeros, otros tres de a caballo y cinco granjeros que huían de la miseria de sus pagos arrasados para caer en la miseria y estrecheces aún mayores que prometía el servicio a tan desastrado caballero como yo. Debían de estar desesperados pero yo también lo estaba, así que los acepté con muchos parabienes.

Con esta exigua compañía, me dirigí a la ciudad de Brest, para dar comienzo mi búsqueda de gloria entre los muladares de la guerra.
|
#2 Jue 05 Nov, 2009 16:36 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo II
A medida que mi harapienta tropa y yo nos adentrábamos en las tierras dependientes del alfoz de Brest, me asombraba de no encontrar en aquellos campos la desolación que la guerra prometía. Muy al contrario, estaban rebosantes de labradores vigorosos que trabajaban los vastos cultivos. En seguida comprendí la razón de la pujanza de Bretaña, ya que el duque mantenía un estado de tensa neurtalidad con los dos reinos enfrentados y la paz, al menos aparente, atraía de todos los rincones de Francia a campesinos y artesanos que acrecentaban la prosperidad del ducado. Digo aparente y no miento, pues si bien el duque no se decantaba de ninguún bando, recibía presiones de ambos reyes, que se consideraban sus señores naturales, y se veía obligado a paracticar equilibrismos diplomáticos para no precipitarse al abismo de la contienda. También el señor de Bretaña había encontrado una forma, por precaria que fuera, para aprovecharse de la desgraciada situación en que se veía inmerso el corazón de Europa y de conseguir a la sombra de los muertos una influencia que no hubiera soñado tener en tiempos más boyantes.
También había inconvenientes, claro está. A las puertas de Brest se apiñaban legiones de mendigos, enfermos y sujetos de mal vivir, por lo que no separé mi mano del pomo de la espada al cruzar las murallas del burgo, sin enseña ni acompañamiento, pues dejé a mis nuevos hombres a cargo del pequeño real que habíamos instalado fuera del recinto.
Allí entablé conversación con un hombre recio y de mediana edad, de nombre Guillaume y que trabajaba para el duque, como maestro de armas y entrenador, tanto para la guarnición como para los participantes en las peleas y torneos que se celebraban regularmente en Brest. Viome buena disposición para las armas y me invitó a probar mis fuerzas contra sus guerreros. No me pareció mala forma de acrecentar mi nombre entre los bretones y acepté.
Claro que ni a Guillaume ni a su gente revelé mi origen y partes, ni los largos años de ejercicio caballeresco en la casa de mi padre, por lo que quizá esperaran encontrar un hombre menos ducho en el oficio de las armas.
Si tal pensaban, desde luego no tardé mucho en desengañarlos majando a palos unas cuantas costillas y abriendo algunas cabezas. Maese Guillaume, impresionado, me dio sus bendiciones para jugar en los próximos combates que se ofrecerían al populacho, y aún creo que apostó por mí buenos dineros. La velada empezó con más pena que gloria para mí y para aquellos que tuvieron la desgracia de estar a mi lado.
No os aburriré con detalles mas os diré que finalmente enderecé mi torcida suerte y logré la victoria en los combates a pie y a caballo. A fe mía que los golpes que recibí y propiné merecían más de las míseras monedas que me dieron a cambio, que no servían apenas para pagar los emplastos que me hubieran hecho falta sobre los moretones, y que se esfumaron aquella misma tarde cuando de Brest cabalgamos hasta la villa de Vannes, ocupada por los ingleses, donde las ganancias tan duramente adquiridas pasaron a rellenar el colchón de algún panadero villano, que me vendió a precio de candeal, un pan tan negro como su corazón, viendo sin duda las trazas de necesidad y hambre que revelaban los rostros de mis compañeros. No obstante, otros dos campesinos se unieron a mi partida, a costa de mi bolsa, he de admitir.

Así dio fin mi primer día en tierras de los franceses; con alguna magulladura, dolor de cabeza y un hambre parcamente sofocado por unos tristes mendrugos. Mientras descansaba en el sombrío campamento, pensaba que la gloria no parecía perseguirme como yo esperaba, o si lo hacía, estaba claro que mi caballo era más rápido que ella.
|
#3 Jue 05 Nov, 2009 16:37 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo III
El día siguiente, 24 de marzo, amanecimos agarrotados por el frío del rocío matinal y con un desagradable hueco en los estómagos, que rugían con una furia que las vacías paredes magnificaban con atronadores ecos. El campamento fue levantado en unos minutos, no por la diligencia de nuestros brazos agotados, sino por lo poco que había que recoger.
Rezaba yo por una pronta solución a mis cuitas, ya que en los momentos de necesidad uno encuentra reservas de fe que se dirían agotadas tiempo atrás, mientras abría la marcha, de nuevo al norte, a las tierras de Normandía, dominios del rey Eduardo III de Inglaterra, pues que tan mal me recibía el ducado de Bretaña. En cuantas villas y aldeas topábamos a nuestro paso, con grandes patrañas y cuentos que he de pagar el Día del Juicio, atraía a mi causa a algunos incautos, sin reparar en que pronto no tendría ni con qué alimentarlos, tan escasas eran las vituallas aún para mis once compañeros. Así hice, ya pasado el mediodía, en los lugares de Bayeux y Lusieux, cerca de Caen, y en la propia ciudad normanda, donde contraté con mis últimos dineros a tres matones de a tanto el tajo y a tanto el revés, que se nombraban muy respetables y hacíanse llamar de todos “vigilantes”. Me acomodó esta ruda compañía porque pronto me adentraría en pleno corazón de Francia, donde las tropas en campaña no eran la peor de las desgracias que podía encontrar, sino las peligrosas partidas de forajidos y desertores sin ley ni Dios, dispuestos a acuchillar a cualquiera por un mendrugo de pan. Había muchas formas de sobrevivir en aquel infierno y mi honorable camino hacia la gloria no era el más fácil ni el más concurrido.

De nuevo tuve que recurrir a poner mis brazos al servicio del general divertimento, no tanto esta vez por buscar fama como por llevar a mi escuálida bolsa algún desayuno. Mi victoria tampoco me reportó la ganancia que esperaba, así que dejé Caen entre maldiciones y remonté el curso del Sena hasta plantar aquella noche mis reales (míseras tiendas frías y remendadas) unas millas al noroeste de la ciudad de Rouen, donde esperaba encontrar una más calurosa acogida a mis habilidades caballerescas.
A fe mía que la encontré y tal fue mi actuación en el primero de los combates que mis compañeros de equipo no quisieron dejarme marchar ni dejar que me cambiaran la librea azul por la encarnada, como disponía el programa. De los otros tres combates, a pie y a caballo, con lanza, espada o arco, solo fui derribado en este último.


Con el yelmo un poco más abollado y algo de oro con el que calmar el hambre y pagar a mis hombres durante unas semanas, retomé el camino por la ribera del Sena hacia Paris, donde uní a mi incipiente mesnada cinco nuevos valentones de taberna y, con gran dolor, gasté algunos ahorros en comprar una vieja lanza, robusta y pesada, pero con la moharra mellada y el astil doblado. Más no podía permitirme y con este dispendio, que ya me parecía excesivo unido al anticipo que me pidieron los mercenarios, cruzamos el Sena hacia Chartres donde un joven labriego francés entró también a mi servicio. Sin dinero, comida ni ganas para llevarme más hombres, acampamos aquel día a la sombra de los muros de Troyes, pues teníamos noticias de numerosas bandas de brigantes en aquellos pagos.

Al día siguiente, concerté audiencia con el señor de la villa, el Vizconde Arnaud, para ponerme a su servicio si mandaba algo que nos fuera de mutuo provecho. No me acomodó su encargo de ir a cobrar lo que otro gran señor le adeudaba, de modo que partí sin demora hacia el sur, corriendo entre los días 27 y 28 mucha parte de aquellas fértiles tierras sin acontecer suceso que merezca reseña. Este último día nos vimos en Auvernia, en las estribaciones del oeste del gran macizo que llaman Central. Marchábamos ya despreocupados, pensando que las advertencias que de los facinerosos nos habían dado eran cuento de viejas comadres. El frío mordía, el hambre no iba a la zaga y andábamos atentos a cualquier pieza de caza que pudiéramos cobrar. Los ojeadores que mandé delante volvieron con noticias no de corzos ni perdices sino de un grupo de unos veinte hombres armados, sin librea alguna, a pie y a caballo, marchando vivamente pocas millas por delante de nosotros. Esperando que la suerte empezara a sonreírme, mandé apretar el paso, y antes del mediodía, habíamos caído sobre ellos, a pesar de sus esfuerzos por huir que no hacían sino acrecentar nuestra saña en la persecución y nuestra seguridad en la victoria.

No hubo en aquel enfrentamiento vislumbres de gloria o heroísmo, ni alardes de estrategia. Fue un desagradable acuchillamiento, una carnicería. Los forajidos cargaron desesperadamente con su caballería, pero yo y mis hombres de a caballo íbamos ya hacia ellos. De nada me sirvieron mis lecciones de carga lanza en ristre; aquellos hombres no eran estafermos de entrenamiento ni caballeros de honor con los que cruzar las armas cortésmente. Mi ingenuidad me valió un par de feas heridas en el primer encontronazo, pero me rehice, al contrario que los enemigos, cuyos jinetes eran ya perseguidos por mis escuderos, y me uní a la caza, manchando la moharra de mi lanza con la suficiente sangre como para salvar la honra. Cuando resbaló por el astil hasta mi mano, la sentí pegajosa y caliente, escurriéndose entre los dedos. Entraron en juego entonces los peones y tirando de espada degollé a un par de los bandidos mientras mis hombres se ganaban la soldada. Los “vigilantes” actuaban con una determinación escalofriante, apuñalando metódicamente, sin perder en sus rostros el gesto sombrío, lo que hizo que no me arrepintiera de haberlos contratado.
Quizá actuaron con excesivo celo, pues me hubiera gustado tener algún prisionero pero ni uno sólo de los bandidos quedó vivo. Mientras los matones capturaban para sí los caballos desbocados sin jinete y registraban los cuerpos, observé el desolador panorama: entre las verdes colinas yacían veinte hombres muertos o agonizantes, y uno de ellos no era enemigo, Dios tenga en su gloria a aquel muchacho campesino. Por fortuna, parecía haber quien se ocupara de su alma. Los cuatro granjeros que acompañaban a los jóvenes caballeros que me abordaron en Bretaña sacaban de entre sus ropas manchadas de barro y sangre escapulario y rosarios para asistir a los tres heridos y confortar a los moribundos. Interrogados por mí sobre tan extraña conducta en seglares, se disculparon con gran contrición, confesando que me habían engañado: huían de un monasterio víctima de la guerra, y se vistieron con ropas de villanos para escapar; aquellos gentiles escuderos no eran sus señores sino sus defensores. Sin saber apenas cómo, me vi capitán de una compañía de monjes o abad de una congregación de soldados. Dijéronme que seguían dispuestos a luchar a mi lado como guerreros, ¡cuánto había de lamentarlo alguno de ellos! , de modo que seguimos cabalgando.

Cuando declinaba la tarde escuchamos los ecos de una batalla cerca de un puente sobre el Garona. Mandé allí a mis ojeadores: una poderosa hueste inglesa acosaba a lo que quedaba de una partida francesa. Aún no era tiempo, me dije, de empeñar mi acero en aquella guerra, fuera en el campo que fuera, de modo que volví grupas hacia un objetivo más a mi alcance: otra banda de salteadores, a la que perseguimos toda la noche de vuelta a las estribaciones del macizo, donde esperaban perdernos. No lo quiso Dios y hubimos batalla al amanecer del día 29 de marzo.

El combate pareció como copia del primero, a pocas millas de donde lo habíamos entablado el día anterior. Los bandidos pelearon esta vez con mayor denuedo, en desorden pero con la ferocidad de bestias cercadas por los cazadores. Su gente de a caballo, más numerosa que la mía, hostigó duramente a mis peones mientras los jinetes más veloces nos mantenían ocupados con persecuciones vanas. Con azumbres de sangre pagué mi arrebato de audacia y parco me pareció el botín que costó la vida a cinco de mis hombres y heridas a otros siete. El único fraile que quedaba en condiciones de dar confesión y consuelo andaba atareado de aquí para allá y lloró amargamente junto al cuerpo traspasado de uno de sus hermanos. Poco trabajo tuvo entre los malhechores pues los veintitrés yacían muertos sin confesión, buen provecho le hicieran a Satanás sus almas.

Mas no había lugar a lamentos y ya entonces empezaban a cerrarse mis ojos a las lágrimas y a encallecerse mi corazón. Duras lecciones aprendimos aquel día y más habíamos de aprender en los venideros, y nos hicimos más fuertes y más sabios.
Lo más reseñable del botín conquistado fue un recio caballo pinto que sustituyó a mi viejo tordo carcomido por la sarna. ¡Cruel broma del destino que un indeseable montara mejor corcel que un caballero de las nobles trazas que me enorgullecían entonces y me llenan hoy de nostalgia!
|
#4 Jue 05 Nov, 2009 16:39 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo IV
Tras las hazañas del día anterior y cargados con los trofeos de la victoria, volvimos riendas en dirección a la ciudad de Clermont, capital de Auvernia, donde dimos merecido descanso a la fiereza de nuestros brazos, cura a las heridas de nuestros cuerpos y alivio a la pesadumbre de nuestras almas. Allí pasamos la mañana, confundiéndonos en las tabernas con los últimos parroquianos de la noche anterior. Entre tan augusta y abotargada concurrencia me llamó la atención una rosa crecida entre la inmundicia. Aquella mujer no era como las vulgares fulanas de las que mis hombres daban cuenta unas mesas más allá. Su bello rostro traslucía un resuelto ademán de nobleza que las bastas ropas de lana no alcanzaban a ocultar para unos ojos observadores. La nívea blancura de su piel y la cascada dorada de su cabello humildemente recogido hablaban de una joven de razonable posición, cuya presencia en aquel antro no podía ser menos extraña que la de los religiosos que me acompañaban. Intrigado y fascinado por su hermosura, me presenté a ella con tono galante y me interesé por el hado, sin duda adverso, que la obligaba a esas hechuras de villana. Dijo llamarse Laura y huir de la destrucción que los ingleses habían llevado a sus tierras, muertos su padre y hermanos y deshonrada y presa su madre. A punto de recibir la misma suerte, había apuñalado a un capitán inglés con un cuchillo de cocina y había atravesado los frentes, en guisa de aldeana, sobreviviendo del robo y la caridad, hasta llegar a Clermont al mismo tiempo que mi compañía. Movióme a piedad su lastimosa historia y le ofrecí cuanto en mi mano estaba para hacer mías sus cuitas. No poca fue mi sorpresa cuando me pidió un puesto en mi mesnada, y pensé que no era serio andar en campaña con un séquito de curas y mujeres. Acepte, no obstante, dejando a parte tan lúcidas reflexiones por el embrujo de aquel rostro de leche y coral. El señor abad de mis monjes-soldados llevóme aparte con mil prevenciones sobre la pecaminosa naturaleza de la mujer, de cómo torcían la senda de los hombres virtuosos y sembraban la tentación y la discordia. Ilustró su sermón con ejemplos desde Eva hasta Helena de Troya, pero respondí tomando su mano que, pues nunca me había considerado hombre virtuoso, no debía temer la perdición con que Laura amenazaba y prometí defender la probada virtud de su paternidad y los hermanos frailes de la tentación, aún a trueco de caer yo mismo en ella, si Dios así lo quería. Marchóse rezongando y yo me entregué con meticulosidad a dotar a la dama de unos arreos más marciales, aunque tan pobres como su raído vestido, sacados de entre el botín de los bandidos.

De nuevo, cabalgamos hacia el norte y en los siguientes días no hubimos ningún encuentro ni contemplamos cosa digna de mención, salvo el hecho de que la guerra parecía recrudecerse nuestro paso y allá donde miráramos, no había sino campos de batalla. No podría seguir ignorando aquella contienda por mucho tiempo; si mi nombre empezaba a sonar en los oídos de los poderosos, pronto me vería obligado a decidir si poner mi espada al servicio de los ingleses y su felonía o de los franceses consumidos por la división de su reino.

Recorrí las ciudades francesas de Orleans, Reims y Troyes, y en esta última permití a mi tropa descansar bajo techo en lugar de en el campamento. Al fin y al cabo, cuando hombres como aquellos tienen dinero en la bolsa, se vuelven a menudo díscolos e indisciplinados, pero cuando regresan por la mañana, con resaca y ni una blanca, es más fácil persuadirlos de la conveniencia de seguir las órdenes. Yo mismo me entregué al dispendio y me senté a las mesas donde se jugaban dados y barajas en uno de los garitos más infames de Troyes, frente a un hombre con trazas de caballero venido a menos, con manchas de vino en la librea francesa, de nombre Jean de Metz. La suerte acompañó mis jugadas pero monsieur de Metz estaba en la ruina. Había sido expulsado del servicio de su señor por turbios asuntos y no poseía más que la ropa que lo cubría. Como la cantidad que me adeudaba no era despreciable, acordé un arreglo de mutuo beneficio: el caballero ganó un señor y, aunque perdió una buena loriga que remplazó mi viejo coleto, se acomodó felizmente a mi compañía. Muchas veces, después de aquello, me confesó que, de no haber estado su entendimiento nublado por los elixires báquicos de la taberna, habría huido de tan desastrado señor a la primera oportunidad.

Seguimos camino hacia el norte de vuelta a las frías tierras de Normandía, de donde partiera mi glorioso tocayo, principiando con su conquista la eterna rivalidad que a la postre había conducido a la fea ocasión en que nos veíamos. Llevaronnos allí las nuevas que habían llegado a nuestros oídos acerca de las frecuentes incursiones de piratas, que amedrentaban a la población y hacían revivir los olvidados fantasmas de los que dieron a esta tierra el nombre de Normandía. Parecían encontrar gran placer en saquear y destruir monasterios y abadías por toda la región y decidí emprender su caza para congraciarme con mis píos acompañantes. Hacia mediodía del dos de abril, varias leguas al sur de Agincourt, topamos con varias cuadrillas de indeseables venidos del mar, a los que dimos su merecido a lo largo de aquel día, liberando de sus garras a varios hombres de Dios que traían prisioneros y que insistieron en unirse a mí para suplir algunas de mis bajas, animados por el encomio que de mi fe y cristianas maneras hacían sus hermanos. Estas bajas fueron cuantiosas y lamentabilísimas, pues a lo largo del día murieron ocho de mis hombres, y un número similar quedaron heridos, aunque enviaron de vuelta al infierno a cerca de cincuenta piratas.

El botín me permitió armar con cierta decencia a madame Laura y a monsieur de Metz y en Calais conseguimos un precio no del todo malo por el resto, lo que me hizo olvidar lo ridículo de mi monacal séquito, hasta que encontré en una bodega a un fraile de aspecto desastrado, con el hábito sucio, cantando las virtudes del amor y la vida: un goliardo. Después de escuchar sus canciones y de entrarnos entre los dos varios azumbres de vino, ofrecí al hermano Hugues, que así se llamaba, ordenarse en mi congregación en la que no faltaban ya sotanas. Unióse a mi con buen humor y nos tambaleamos hasta mis reales a través de las solitarias calles.
Al despertar en mi tienda, sintiendo como si una maza me golpeara los cascos, y recordar las malandanzas de la noche, me resolví a formar realmente un monasterio cenobita y enmendar mi pecadora vida, pues el Señor me enviaba tan claras señales. Tales pensamiento huyeron de mi alma al removerme en el jergón y contemplar a mi lado un cuerpo dormido que descubrí con alivio ser el de Laura, pues ya temía haber cometido una atrocidad, tan desenfrenada fue la noche que pasé con el hermano Hugues.
Con renovado vigor, partí bien de mañana e intenté reclutar más brazos fuertes en la villa de Ghent, mas creo que viéndome en tan monástica compañía, los villanos temieron ser captados por una secta hereje y ninguno salió de su casa a nuestro paso. Mediada la tarde de aquel día, que fue el de paga para mi hueste, perseguimos a otra banda de piratas, a la que dimos caza al anochecer, acuchillando sus pellejos a placer.
Hicimos noche en el camino hacia Amiens, adonde llegamos por la tarde del día cuatro. Allí entregué a mis prisioneros, a cambio de una humilde recompensa, y compré para mí un nuevo escudo.
También allí abandonaron mi partida algunos de los monjes, contrariados por mi vida desarreglada y maldiciendo de Laura y el hermano Hugues, que me llevarían a la perdición. No obstante, se excusaron con el pretexto de fundar una abadía en aquellas tierras devastadas. Según supe después prosperaron en este empeño y me regocijo mucho de ello.
|
#5 Jue 05 Nov, 2009 16:39 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo V
Partidos que fuimos de Amiens, tomamos de nuevo la conocida ruta del Sena y llegamos a Paris al día siguiente. Allí quise entrevistarme con monsieur de Lalang, señor de la mayor parte del burgo, y viéndome de buena disposición, presentóme a otro alto señor de nombre Robert d’Artois, quien me encomendó fuera a cobrar las rentas de sus paisanos de la villa de Montargis, sobre la que ostentaba señorío, prometiéndome recompensar mi esfuerzo con largueza. Con sus bendiciones, marché inmediatamente y ayudé con mis hombres a los criados de monsieur d’Artois en el cobro de los impuestos. Los villanos andaban soliviantados por lo duro de las corveas y lo gravoso de las tasas que los rigores de la guerra imponían y dieron muestras de descontento que nos hicieron temer por una rebelión, que hubiera sido muy de lamentar para todos. Dios fue servido finalmente de meter en su juicio a los revoltosos y, retomé el camino de Paris, con más de tres mil florines en un arca bien herrada.

Cuál no sería mi sorpresa al ser recibido en las estancias de monsieur de Lalang la tarde del día seis y encontrar al anfitrión solo, pues mi patrón Robert d’Artois había dejado la ciudad con su gente poco después que yo. A Lalang no dije nada de la pequeña fortuna que conmigo llevaba destinada a manos de su legítimo dueño, sino que pedí también su patronazgo si se servía mandarme algo. Su misión no fue grata a mis oídos mas la acepté envuelta en caballerosas maneras. Prometí encontrar a un asesino forajido que se escondía probablemente en el a villa de Nesle y “encargarme de su caso”. Cuando se recurre a hombres como yo para tales menesteres no suele ser para que representemos al interesado en un juicio.

No detallaré mis correrías en pos de aquel desgraciado. Baste decir que lo encontré. A mi vuelta a Paris, rehusé asqueado la bolsa de vil metal que me ofreció Lalang y me puse en marcha cuanto antes, pensando si habría de buscar a monsieur d’Artois, o si no sería mejor aprovechar en pro de mis hombres y de mí aquel oro, que con tanta soberbia d’Artois dejaba olvidado tras de sí, y darle al mismo tiempo una lección de humildad.
Mi dilema encontró inesperada solución en el mercado de Troyes, en un taller de armero. Solía yo rondar aquellos lugares, maldiciendo mi pobreza, mas ese día llamó mi atención una pieza que no por vieja y rajada resultaba menos adecuada a mis necesidades. Era un robusto yelmo cerrado de factura un tanto tosca pero sólida, que el armero me ofreció a muy razonable precio, si bien demasiado para que mi maltrecha bolsa lo afrontara en solitario. Aun entonces resuelto por mi natural honradez a entregar las rentas a su dueño, pero sin grandes prisas por averiguar su paradero, decidí tomar mi quinta parte prometida por adelantado en aquel dispendio.

Topé poco después con la hueste de Hugues de Payens, que me pidió la merced de hacer llegar un mensaje suyo a Lord Baudri, caballero inglés. Como es de suponer, encargóme gran discreción en esta comisión. Llegué al castillo de Bourbon, dominio del señor inglés ya de anochecida y monté mis reales a corta distancia. No la suficiente, a pesar de todo, para evitar la improvisada acometida de una partida de desertores entregados al saqueo, de tan mala o peor catadura que la de los piratas y bandidos con que ya habíamos lidiado, pero con las armas y maneras de curtidos guerreros. Apenas al amanecer nos despertaron los gritos de las guardias nocturnas y el retumbar de la cercana cabalgada. Nos armamos y montamos a toda prisa y hubimos una dura refriega, pues, aunque éramos más, nos las veíamos con hombres de armas, casi todos a lomos de briosas monturas.
Fue un encuentro sangriento, estábamos demasiado lejos de Bourbon para pedir auxilio al castellano y no hubiera permitido yo la afrenta de huir ante un enemigo inferior en número, aunque fueran diecinueve Satanases los que cargaban contra nosotros. Traté de crear con mis más hábiles jinetes una pantalla para proteger a los bisoños campesinos y llevar el peso del combate, pero tras las primeras cargas concentradas, la refriega derivó en enfrentamientos parciales en los que la pujanza y el valor lo eran todo. Mis peones, más sobrados del último que de la primera, sufrieron graves descalabros, y al mediodía tres campesinos, un mercenario y tres religiosos yacían muertos. El resto no salió indemne, y me encontré con que más de dos tercias partes de mi compañía causaban baja por diversas heridas que traían, entre ellos monsieur de Metz, Laura y el hermano Hugues, de lo que recibí gran pesar. De los enemigos, ni uno quedó vivo, y de esto, lo confieso, me holgué grandemente.

Nuestras pérdidas se compensaron con creces, en las personas de muchos y buenos soldados que nuestros enemigos habían prendido a lo largo de sus correrías. Tanto ingleses como franceses quedaronme muy agradecidos y aceptaron unirse a mi tropa en buena compañía. Entre ellos iban dos caballeros franceses de buena familia y un ballestero a su servicio que decían podía pasar un dardo por el ojo de una aguja, y cinco arqueros largos ingleses, de cuya fama no hay más qué decir. Unos bien pertrechados peones completaron este recuento.
Tampoco fue despreciable el botín, del que tomé para mí una portentosa loriga de malla y cuero tachonado, algo ajada. Así pude devolver a monsieur de Metz so cota y sobrevesta y armar a mis otros dos compañeros con buenas cotas de malla.
Entregué a Lord Baudri la misiva con la esperanza vana de que valiera al menos alguna de las vidas que por su causa se habían perdido y marché hacia el norte. En las orillas del Loira, perseguimos y dimos caza a unos bandidos que habían salido de los bosques, a pedir rescate por algunos prisioneros, a los que liberamos. Ese día, que debió ser diez de abril, pues fue el de paga para mis hombres, pusimos de nuevo dirección a Poniente y exterminamos en dos afortunadas cabalgadas, no menos de una treintena de piratas, de los que uno quedó preso en mi poder.

Hecha esta correría, tornamos riendas. Ya por aquel entonces me sentía yo desaprovechado en tan ingrata tarea como era la de limpiar la escoria proscrita para beneficio de otros, y sentía en mi alma la indómita llamada de la batalla. El día catorce, domingo, bien de mañana, hallándonos a pocas leguas de Reims, hacíamos los preparativos para la misa campal que mis píos acompañantes insistían en celebrar rigurosamente. No bien estuvo colocado el altar y todos mis hombres recogidas en fervorosa oración, cuando escuchamos tras de nosotros gran estruendo de caballos, trompetas y atabales. El sacristán, ya dispuesto a cantar misa, pues el abad había muerto en lucha frente al castillo de Bourbon, quiso increpar a quienes tan impíamente alborotaban su sacramento mas quedóse sin voz al ver acercarse, precedidos de heraldos y estandartes de seda, al mismísimo Rey de Francia Carlos V y a sus pares. El rey, armado de una brillante coraza damasquinada, desmontó y se dirigió a mí con gran cortesía, rogándome le permitiera asistir a misa, pues él y su tropa habían dejado las murallas de Reims para reconocer los contornos y no habían previsto verse un domingo sin comulgar. Por fortuna, había comprado, gracias a la generosa contribución de monsieur d’Artois, suficiente harina candeal para elaborar unas obleas que desmerecieran lo menos posible de las ilustres lenguas sobre las que iban a ser depositadas. Cedí a su majestad el sitio de honor y él insistió en colocarme a su diestra mano y hacerme comulgar justo después de él, de lo que alguno de sus pares debió de recibir grande afrenta, debido a lo poco esclarecido de mi origen y linaje.

Después de escuchar misa con gran contrición, quísome su majestad recompensar y yo, hincándome de rodillas a sus reales plantas, no pedí de él más sino que tuviera a bien aceptar mi espada en vasallaje pues no tenía otro deseo que servirle. Hondamente conmovido, quiso acceder con creces a mi demanda y en la solemne ceremonia que siguió, habiendo prestado juramento de fidelidad y recibido el inmixtio manum, me concedió señorío banal y dominical sobre todas las tierras y rentas y gentes del lugar de Lunoges, distante algunas leguas de Clermont.
Por fin mi desmandada aventura en tierras francesas parecía encaminarse hacia más altas empresas y ya me tenía señor de feudos. Aquella guerra en la que ahora me veía empeñado podía ser mi perdición o, con la ayuda de Dios, mi oportunidad de medrar. Sólo quedaba rogar para que Dios estuviera de parte de los franceses.
|
#6 Jue 05 Nov, 2009 16:40 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo VI
Pedí licencia de mi señor para partir de inmediato a catar mis feudos, que tenían su centro, cual ya dije, en la villa de Lunoges, al pie del macizo en cuya falda se alza Clermont. Enteréme de que los ingleses hacían gran daño a todas aquellas tierras y hube gran congoja al ver el resplandor de los incendios aún a varias millas, y al llegarme al pueblo la mañana del día dieciséis de abril, no fue menor mi pesar de contemplar los mansos arrasados y los ganados muertos y las haciendas quemadas. Mandé buscar a los villanos, pues ninguno parecía, y encontréme que todos habían huido el saco marchando a los montes y las selvas, como era uso cuando andaban partidas armadas en guerra.

Como habían de tardar días en volver y en retomar las faenas, no tuve más qué hacer allí, pues mi casa no era sino escombros ni mi reserva más que tierras humeantes. Hecho un rayo de furia, resolví hacer pagar cara su osadía a los ingleses y tornarles doblado el mal que a mis villanos habían causado. Aquella noche, llegámonos muy quedo a la villa de Rodex, ocupada a la sazón por los felones isleños a los que tributaba de buen grado. Dimos el asalto a sangre y a fuego y no hubo vida salva ni virtud segura en toda aquella endiablada noche y el día que siguió. Muy a placer, hicimos rico saco de todo cuanto pudimos llevarnos, ganándose mi gente la soldada que ese día habían de recibir.
No saciada mi ira con esta bárbara acción, ya de madrugada quise hacer saco de la aldea de Cahors y la algarada no se refrenó hasta mediada la tarde, marchando bien cargados tan presto como habíamos venido. Corrimos toda la región haciendo iguales tropelías en cuantas villas pechaban a los ingleses.
Hoy que las canas ornan venerables mi antaño orgullosa cabeza, lamento hondamente esta debilidad que algún demonio aprovechó para inspirarme tan tremendos actos, pues ni la más cruda guerra ha lugar para que tan atrozmente se ataquen villas desguarnecidas, más cuando las pueblan gentes de los mismos usos y aun la misma parla, cuya sola mala fortuna les obliga a dar pecho al invasor y llamar señor a quien les increpa en su áspera lengua perruna.
Mas yo era entonces joven y la sangre de mil guerreros hervía en mis venas animándome a la vorágine. Mi sangrienta venganza llegó a oídos de los señores ingleses que, nombrándome de asesino cruel y de diablo infernal en la tierra, sacaron al campo sus huestes, armando en no más de dos días una mesnada de doscientas lanzas en mi demanda, que a pico de prenderme estuvo más de una vez, consiguiéndolo al final el aciago día treinta de abril. Presenté batalla y mis hombres se batieron con fiereza inigualable hasta el ocaso, quedando muertos en el campo muchos de ellos, y otros tantos heridos y presos, como yo. Cayeron en la lid Laura y Jean de Metz, y lloré amargamente su muerte. Apenas tuvo tiempo de consolarme con su cristiana bondad, que la vida de goliardo no había podido obnubilar, el hermano Hugues, mi compañero de cautiverio hasta ser ajusticiado por un lamentable tribunal de eclesiásticos ingleses acusado de sabe Dios qué herejía.

Temí correr una suerte pareja a la de mis desventurados compañeros, que el señor tenga en su gloria, pero mi condición de vasallo del rey de Francia me protegía contra los excesos de mis apresadores. Tuve como custodios a los largo de mi cautiverio a varios barones ingleses. Algunos me trataron como a cumplidos caballeros corresponde, regalándome con buen yantar y aun obsequiándome liberalmente a mi partida, mas otros tuviéronme a pan y a agua, despojáronme de cuanto llevaba y así salí libre del último, tan pobre como rico fui preso del anterior.
Este asunto de mi liberación ocurrió al año de haber sido preso, meses después de concertadas paces entre los dos reyes. No eran éstas el fin de la guerra, como es sabido, pero mi señor Carlos V habíase visto acosado de muchos males, apretando los ingleses con mucha saña y carcomido su reino por enconadas luchas intestinas e intrigas palaciegas. Quiso mi mala fortuna que en las paces dichas quedara en poder de los ingleses toda la villa y señorío de Lunoges. Dolido de mi desgracia, de cómo me veía sin tierra ni futuro tras tanto tiempo penando en manos de los ingleses, quísome recompensar su majestad con un nuevo estado, concediéndome en feudo las rentas y tierras de Chalon, en la cuenca del Rhone. Pronto había formado una compañía de buenos hombres, mas, ¿de qué me habían de servir, estando concertada la paz? Hicimos audaces correría en busca de brigantes y bandidos y dimos caza a muchos, y a muchos harapientos soldados que, privados de la guerra y arrasados sus lugares, se veían arrojados a la deserción y el merodeo. Pronto me vi en campaña con cuarenta hombres, franceses e ingleses, a los que debía pagar y mantener con las escasas rentas de mi señorío.

Pues no podía arrojar de mi lado a quienes tan fielmente me habían seguido, me resolví a conseguir dineros y demandé el patronazgo de cuanto rico señor me salía a los caminos, esperando tuvieran a bien concederme algún premio o merced. El propio rey me encargó instruir a algunos jóvenes de su corte como caballeros y me presté a ello mas, ¿como habían de aprender las armas sin enemigos a los que escabechar con ellas?
|
#7 Jue 05 Nov, 2009 16:41 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo VII
En aquellos días de estrecheces que fueron los últimos de abril y primeros de mayo del año de Nuestro Señor de 1372, vi pasar por mis manos pequeñas fortunas y tentado estuve de traspasarlas a mi de nuevo raquítica bolsa, mas impúsose mi sentido del deber y las llevé íntegras a mis patrones, no pidiendo por premio más que lo que a bien tuvieron obsequiarme que, he de decir, no sirvió para aliviar las penurias de mi compañía. Me avergüenza decir que alquilé mi mano para menesteres de poco lustre en los más oscuros callejones de Paris, por encargo del señor de aquel burgo que, pues hace muchos años que dio a Dios su alma, no va en menoscabo de su honra decirlo aquí. La cristiana piedad detuvo mi mano en el momento justo, salvándome de perder aún más mi alma ya descarriada, más mi patrón fue poco comprensivo con este ataque de fervor y me despidió de su lado.

Híceme finalmente con una modesta suma con la que abonar lo que adeudaba a mis hombres y aguantar con cierto desahogo, mas no por mucho tiempo. Mi ánimo me sorprendía a veces añorando los aciagos tiempos de la guerra, que tantos males me habían traído. Más quería morir con honra en el campo de batalla que penar muriendo en vida durante la paz.
Mi visita al señorío de Angulema, donde tenía su estado Poton de Xaintrailles, me mostró que no era yo el único que cedía a estos bélicos impulsos. El castillo de este señor se veía en pleno alboroto de soldados saliendo y entrando, y canteros trabajando en los baluartes. Monsieur de Xaintrailles era un hombre rudo y de modales poco caballerescos a veces, por lo que gustaba poco de compañías cortesanas. Como yo, se veía en apuros por la paz y opinaba que ésta no servía más que a los propósitos de los ingleses, que fortalecían sus líneas para atacar con renovada pujanza. Él puso en mis manos el destino de la contienda que ya por entonces era el asombro del mundo y superaba en mortandad a todas las campañas de César y Alejandro. Nunca leeréis esto en las crónicas de los reinos, pero sabed que fue por mi mano que volvió el caballo rojo de la guerra a hollar el maltratado suelo de Francia. Poco tenía qué perder, de modo que me presté a la tarea que Xaintraillles puso sobre mis hombros: debía saquear algunas caravanas de las que mercan para los ingleses, y debía hacerlo pronto, aprovechando el gran escándalo que había sucedido a la anexión del ducado de Bretaña por parte de los pérfidos isleños. Mi patrón apoyaría mis actos en la corte y cerraría la boca de los que vertían ponzoñosas palabras de paz en los oídos del rey, y la guerra se reanudaría. Paro si me prendían antes, estaría solo y con seguridad se me trataría como a vulgar salteador de caminos.
Dejé Angulema el cuatro de mayo y corrí Normandía y Aquitania como el ave carnicera que traza círculos de muerte en el aire antes de lanzarse y cebar su corvo pico en las carnes de la presa, mas, aunque mandé tender celadas y vigilar los caminos más concurridos de aquellas tierras, no hube encuentro reseñable en más de una semana, pero las apreturas en que me vi sirvieron para meter en mi endurecido seso constancia y paciencia.
Finalmente, hacia la medianoche del día once, estando acampados en la linde de un bosque leguas a al sur de Dieppe, recibí de mis avanzadas informe de una caravana de mercaderes de parla inglesa de las que iban a Calais para pasar de allí a su isla, no lejos de nuestros reales. Mandé levantar el campamento muy presto, y llegarnos con gran cuidado adonde los ingleses estaban. Empero, debieron descubrir a mis batidores, pues los hallamos ya en marcha, todos sus guardias bien armados y en orden, defendiendo los carromatos.
Trabamos cruda batalla pues peleábamos contra fuerzas casi parejas, mas impúsose la pericia y valor de mis hombres, y les hicimos gran carnicería pues ningún hombre armado quedó vivo y aun de los desarmados pocos escaparon. Era esto necesario para que llevaran la noticia de la gran crueldad del ataque francés. Cayó muerto uno de mis arqueros y otros cinco soldados recibieron heridas.

Esta victoria nos animó sobremanera y proseguimos nuestra caza. Hubieron de pasar tres emanas sin encontrar, aunque parezca mentira, ni un mercachifle ambulante. Fueron días de gran pesar pues mis ahorros pronto no podrían afrontar la soldada de mi hueste y temía que mi patrón se cansara de esperar mis progresos y me retirara su apoyo. Para colmo de males, supe que los ingleses habían descubierto mi identidad pues me llegó la noticia de que una cruel compañía compuesta de lo peor de cuanto malo se halla entre sus filas, al mando del no menos infame Conde Ricardo, había llevado el terror a mi villa de Chalon, que yo creía segura por distar muchas leguas de cualquier frente, sin que ningún señor de Francia se cuidara de tal invasión. Maldije en alta voz al rey y a mi patrón Xaintrailles mas no podía hacer nada sino porfiar en mi empeño, aunque a pico estuve de volver riendas en auxilio de mis villanos. Apenas unos días después supe que, de nuevo, un escuadrón inglés volvía a hollar el arrasado suelo de mi feudo para rematar lo poco que quedara y de nuevo me sentí desesperado y solo, mientras me mesaba los bigotes y pensaba de nuevo en acudir hacia el sur. Pero, con gran dolor, logré controlarme: pues la guerra ya se me había declarado, mi única salida era arrastrar tras de mí al resto del reino.

La oportunidad me la trajo Dios el día treinta, en un puente sobre el Loira. No bien la caravana lo había cruzado hacia el sur, buscando el abrigo de Poitiers, mis hombres, escondidos bajo los pilares y entre los juncos de la ribera, cayeron sobre ella. No obstante iban apercibidos y debimos combatir, aunque no por muy largo tiempo. Cuatro quedaron presos y matamos a muchos, al precio de dos de mis hombres.
Supuse que ya había hecho suficiente ruido y me reuní con mi patrón, huyendo los caminos pues los ingleses pusieron en mi demanda varias mesnadas bien nutridas. Encontré a monsieur de Xaintrailles contento pero con ojeras y aspecto de haber velado muchas noches, y me contó que a punto estaba de darme por muerto cuando había recibido noticia de mi último ataque y había movido en mi favor al rey, quien desairando a los embajadores ingleses que por mi causa le importunaban, había precipitado la guerra.
Inmediatamente, me sumé a los combates, y fue el primero en las cercanías del alfoz de Orleans, donde ayudé a su señor Hugues de Payens a poner en franca retirada los últimos restos de la tropa que hacía el saco por los contornos, comandada por el caballero inglés sir Guy, quien quedó preso en mi poder.
Marché al sur, a comprobar los estragos que se habían hecho a mis dominios y me detuve en Dijon para comprar algo de su famoso queso y para entregar en manos del rey la carta que para el me diera monsieur de Payens, además de traer a su presencia los siete caballeros que tiempo atrás eran jóvenes imberbes y que para su servicio había formado. Mucho pesar tuve por deshacerme de ellos, pues no había sido malo mi trabajo de instrucción, y no recibí del rey a cambio sino bellas palabras. Contraté en parca sustitución a dos aventureros de oscuro pasado y trazas de bandoleros, que vegetaban marinándose entre los jugos de una taberna y a quienes tuve que armar de mi bolsillo.

Encontré mi feudo devastado y convertido en sitial de una banda de salteadores que imponían tiránico tributo a los campesinos y hacían no menos daño que los ingleses, cebándose en la miseria que éstos habían dejado tras de sí. Me maldije amargamente por haber iniciado la guerra que de nuevo me colmaba de males. Muchos hombres del campo habíanse visto forzados a dejar sus tenencias y vivían del forrajeo en las riberas del Rhone. Armados de palos, cuchillos cachicuernos y aperos de labrar, me siguieron dispuestos a vengar con saña el ultraje recibido.
Dimos el asalto sobre Chalon a media tarde y la refriega duró lo que tardaron en expirar los ocupantes. Sobre ellos se abatió una tormenta infernal de espadas, lanzas, hoces y manos furiosas y ninguno pidió cuartel, pues lo sabían un esfuerzo futil. Los últimos se refugiaron en un molino y allí murieron batiéndose con denuedo y dejando varios villanos muertos.

Las gentes de la villa me vitorearon con un candor que me hizo sentir aún más culpable pues sus males no venían sino por mi mano. De nuevo llevado por la ira, sin reparar en las lecciones que mi año de cautiverio debiera haberme inculcado, me lancé al saqueo de municipios pecheros de los inglesas. Las tierras de Evreux sufrieron mi cólera en aquel aciago cuatro de junio, mas quiso Dios enviar un ángel que salvara mi alma cuando ya me disponía a llevar el fuego y la destrucción por otras aldeas y villazgos. Una joven que cabalgaba conmigo, una moza plebeya pero bien educada que había huido de la casa de su padre y a la que acogí en mi mesnada por recordarme sus rasgos a los de Laura, afeó mi acceso de furia. Díjome estas palabras ante todos mis hombres y respondí con dureza que no eran sino lances de guerra y que la guerra no era lugar para niñas. Aquella noche, acampada mi pequeña tropa en el frente de Normandía, mientras observaba a los peones que cargaban leña y a los que montaban guardia apoyados en sus lanzas, los reproches de la muchacha calaron en mí, y me resolví a poner por objetivo de mis armas, no a los pobres pecheros sino a sus cobardes señores, encaramados en los muros de sus castillos, cebándose en sus salones mientras dejaban morir a los que debían proteger. Miré al sur con pesar y pensé que aquella descripción bien valía para los señores de los franceses. Entreme en el pabellón con un suspiro y me tendí en el jergón, pensando en los duros días que habían de venir. Una compañía de cuarenta hombres bien sirve para atemorizar a campesinos y mujeres, pero doblegar la testuz de un castellano y hacer despeñarse su orgullo desde las almenas, es menester que debe ser acometido por un verdadero ejército.

|
#8 Jue 05 Nov, 2009 16:43 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo VIII
Supe por algunos viajeros con los que topé en el camino que ciertos mercenarios y caballeros sin señor habían llegado a la ciudad de Poitiers, donde causaban gran alboroto por su pendenciera naturaleza. Me resolví a hacer de ellos un refuerzo para mi compañía y me llegué sin tardanza al burgo, ya cayendo la noche, cuando los guardias ingleses a punto estaban de cerrar los portones. Iba solo, en guisa de pobre peregrino, el rostro embozado y un cayado por todo armamento, pues entre aquellas gentes era mi faz conocida ya como la de un vil salteador de caravanas y asesino de poblaciones, fama no del todo infundada, he de admitir.
Más toda precaución se torna fútil frente al designio divino, y quiso Dios que un hombre, de los pocos que con vida habían escapado de mis correrías y que había venido a parar a la milicia y guarda de la ciudad, entreviera mi bigote en un descuido del embozo, y llamara al arma. O lo intentara, antes de que mi vara se abatiera sobre él tres veces, como un áspid de madera, dejándolo tendido en el suelo. Otros tres arrojáronse en mi persecución, espadas desnudas. Afirmé los pies y los enfrenté haciendo girar mi arma ante ellos. Cayeron uno tras otro con las cabezas rotas o los brazos partidos. Pocos de los hombres que guardan los burgos son hombres de armas; villanos de las milicias y algunos veteranos decrépitos llenan los adarves de sus murallas. No sin cierto temor, pues las puertas permanecían cerradas toda la noche y sin duda habrían de poner a buscarme a todas las lanzas de la ciudad, aproveché la confusión para perderme entre las sombras de los callejones.

No tuve que porfiar mucho para encontrar a los ruidosos guerreros que pasaban las noches, y también los días, entre tabernas y prostíbulos, pues dejaban un rastro harto reconocible, de barricas vacías y frascas hechas añicos, de vino y de sangre. Al contemplar tan portentosos destrozos, se me figuró una hueste mercenaria tal que fuera bastante a tomar la plaza de Poitiers y abrir sus puertas al rey desde dentro, si lograra allegarla a mi causa. No sabría decir si quedé decepcionado o más maravillado aún cuando los encontré por fin y supe que tan formidable alboroto lo causaban apenas diez hombres: cinco genoveses de aspecto rufianesco provistos de ballestas y cinco hombres de distinta nación que se decían caballeros. Como tal iban armados y traían sus propias monturas, lo cual bastaba a acomodarme, de modo que no les pedí razón de su linaje.

Después de haberlos convidado al segundo azumbre de vino, aceptaron venirse conmigo a la mañana siguiente, mas no creáis que me fue barato, pues ni el más ebrio de los mercenarios olvida pedir un adelanto.
Abandonar los muros de Poitiers fue más fácil de lo que había previsto. Tan deseosos estaban todos en la ciudad por librarse de los revoltosos que apenas pararon mientes en el hombre harapiento y encapuchado que caminaba junto a sus caballos. Confiaba en que me tomaran por criado de los caballeros y así fue.
Con estos nuevos y caros compañeros, volví riendas a Levante y al sur siguiendo el curso del Rhone, tomando a mi servicio a cuantos campesinos quisieran probar fortuna en la guerra, hasta mi señorío de Chalon, donde una veintena de mozos se presentaron ante mí para que les diera plaza en mi mesnada. El concejo de la villa había pagado parte de sus pertrechos y venían razonablemente armados.
A cambio me pedían que dedicara unos días a la instrucción de los paisanos en el arte de las armas, pues sufrían, además de los temores de verse asaltados por tropas hostiles, las poco gratas visitas de un nutrido grupo de forajidos, que les forzaban a pagar por su vida. Me puse sin tardanza manos a la obra, y mientras me instalaba, recibí un mensaje del rey llamándome para que acudiera con mis tropas para cabalgar a su lado, como dictaban las leyes del vasallaje que le debía.
Me dije que no sería grave trastorno hacer esperar unos días a su majestad mientras cuidaba de entrenar a mis súbditos y dediqué a tal menester a mis mejores hombres y a mí mismo con ellos. Enseñamos a los campesinos los rudimentos del combate cuerpo a cuerpo y varios se atrevieron a medir sus fuerzas contra mí y mis caballeros, de lo que salieron algo magullados pero considerablemente más prudentes y aun más hábiles.

Aún empeñado en esta tarea, me llegó nueva carta de mis amigos en la corte, que decían haber partido el rey con sus vasallos, y aseguraban que mi ausencia había sido muy comentada entre los señores, de lo que recibí no poca consternación, pues realmente esperaba que el ejército real se demorara más en abandonar Dijon. Poco me duraron estas tribulaciones, pues me advirtieron de que se divisaba una polvareda como de muchos caballos a galope. Sin duda, los bandidos venían ya por su botín, pero habían de encontrar la aldea vacía. Cuando se hubieron internado entre las calles, a mi orden, salieron los paisanos y mis peones de sus escondites y cargaron mis jinetes desde la loma tras la cual se ocultaban, cogiendo de improviso a los asaltantes y haciéndoles muchos muertos desde ventanas y zaguanes, tendiendo celadas a los caballos en cada esquina y acorralando a los hombres en grupos de dos o tres para caer sobre ellos como enjambres de abejas. Los que consiguieron salir a campo abierto, topáronse con mi caballería formada y su huida se tornó un infierno de sangre y gritos.

No hube de lamentar en mis filas más que un par de heridos y algunos más entre mis villanos. En agradecimiento, otros siete muchachos bien pertrechados juraron seguirme hasta la muerte y la gloria. Me pregunto qué hubieran hecho de haber sabido que les esperaban más raciones de la primera que de la segunda.

Se me llamó de nuevo a la corte para dar mi consillium en la elección de un nuevo mariscal del reino de Francia. No consideré oportuno hacer nuevo desaire a mi señor y me presenté raudamente. El rey continuaba en campaña para los oficiales de su casa recibiéronme con amabilidad y el mayordomo real presidió el consejo en el que los pares y los vasallos que restaban en Dijon tras la partida del rey Carlos, dieron su parecer. Fue éste el de favorecer al conde Geoffroy frente al barón Olivier. Su majestad, por esta vez, siguió la recomendación de sus vasallos y así lo confirmó en un mensaje que de su sello y letra llegó a la corte. No obstante, como tenía por costumbre, no tardó sino el tiempo que le tomó volver a Dijon para arrojar de su lado al nuevo mariscal y arrogarse él mismo sus poderes, lo que no gustó al conde Geoffroy ni tampoco nos hizo gracia al resto de los señores.

Sería el día ocho de junio cuando pagué las soldadas y marché hacia el norte con unos ochenta hombres para juntar mis esfuerzos a los necesitados señores de aquellas regiones, que se veían muy duramente presionados y habían abandonado varias fortalezas ante la pujanza de los traidores ingleses.
Una de estas plazas era el castillo de Chalons y sus feudos adyacentes. Pues a la guarnición dejada por los ocupantes se habían unido las huestes de varios señores que allí se refugiaban, sumando una considerable fuerza, no me arriesgué a un cuanto menos poco prometedor asalto. Mis hombres estaban sin embargo deseosos de vengar las tropelías que los ingleses habían hecho en sus tierras y no me quedó otra opción que permitirles hacer saco en la villa que al abrigo de la fortaleza estaba para que vengaran exceso por exceso. De nuevo se quejaron algunos de mis oficiales pero no podía arriesgarme a un motín o una deserción masiva por escrúpulos de conciencia, pues eran tiempos de guerra. Además, confiaba en que, viendo la destrucción que causaran mis hombres, los de Chalons hicieran una salida para dar sobre nosotros con parte de sus tropas, esperando vencerlos así por partes y dejar desguarnecida la plaza. Mas su cobarde naturaleza les hizo quedarse tras los muros y vime obligado a volver riendas hacia empresas más asequibles.
Apenas me había alejado unas leguas cuando topé con Lord Godwyn de los ingleses al frente de su mesnada, asaz pareja en número a la mía. Ninguno de los dos quiso eludir el combate y cruzamos armas en un campo de colinas suaves y árboles dispersos. Lamento no poder dar razón de lo más crudo de aquella batalla pues he de decir que, tras alancear en la primera carga a un par de infelices, hube de tirar de espada para abrirme paso entre los hombres de librea encarnada que pugnaban por asir las riendas de mi caballo. Una puñalada traidora de hoja innoble abrió el cuello de la gallarda bestia, que cayó arrastrándome a tierra. Por suerte rodé lejos de ella y no me atrapó bajo su peso, pero me vi desmontado, rodeado de enemigos y con la batalla desarrollándose lejos. Mi espada se empapó en sangre inglesa y aún mi brazo, pero me dieron un par de heridas y a buen seguro muy negro habría sido mi sino en tal lance de no llegar en mi ayuda algunos jinetes.

La victoria se cobró su precio. Diez buenos hombres dieron a Dios sus almas en aquella jornada y hubo muchos heridos que sanaron a su tiempo. De los ingleses quedaron pocos vivos y menos aún sanos. A fe mía que lucharon con brío. Llevé presos a los que estaban en condiciones de marchar y dejé a los demás a su suerte. Me figuro que pocos volverían a levantarse.
Anduvimos varios días corriendo las tierras que los ingleses habían arrebatado a Francia en su primera ofensiva y me maravillaba de los avances que habían llevado a cabo en tan corto tiempo. Me acongojó el corazón pensar en que yo había provocado tal desgracia, pero mi seso discurrió que, de haber esperado, nuestros enemigos tendrían aún más bríos, pues tantos mostraban ahora aun cuando les habíamos cogido por sorpresa... o al menos, así me lo había asegurado mi patrón.
El día trece se hizo saco de Joinville pero prohibí a mis tropas excederse en demasía y frené en lo posible las muertes y las violaciones.
Esa misma noche crucé espadas con otra partida enemiga, comandada por el discreto y honorable Lord Reyner, un caballero anciano pero vigoroso, con el que tuve una corta audiencia en el campo, entre las dos huestes formadas para la batalla. De haberme atacado de improviso, difícilmente hubiera podido salir con bien de la liza, pero demostró en todas sus acciones una caballerosidad que yo desearía hoy haber tenido más a menudo en mi vida. Ensalzó mis hazañas y yo correspondí con similares cumplidos. La lucha fue rápida y violenta. Con mis jinetes, cargué contra las líneas del inglés y derribé al propio Lord Reyner en singular combate. Me habría detenido para ponerlo a salvo en mi retaguardia pero me vi acosado de muchos peones y me abrí paso dejando entre ellos sangriento surco para reunirme con la caballería, mientras mis peones trababan ya combate con las deshechas filas enemigas. La batalla tuvo a partir de entonces un cariz menos heroico de lo que tan formidable adversario hubiera prometido; la noche confundía las formas y los colores y uno no se sabía si rodeado de amigos o de enemigos, las hojas brillaban blancas a la luz de la luna en una macabra danza, para hundirse y elevarse de nuevo con destellos de rubí. No supe muy bien quien había vencido y de quién eran los cadáveres que cubrían el campo hasta que me vi rodeado de mis hombres. Una voz alertó entonces y dirigí la vista hacia donde todos miraban. Unos pocos hombres apremiaban con gestos para que un escudero cargara sobre un caballo blanco el cuerpo de un hombre. En la distancia, advertí apenas que el herido se rebullía débilmente. Ya mis caballeros iban a galopar tras los supervivientes mas los detuve con gran alivio de saber que Reyner estaba al menos vivo, y dejé franca retirada a quien tan valientemente había lidiado, pues tampoco quería ni podía llevar más prisioneros.

A pesar de que el tiempo me ha hecho cínico y pienso que una actitud menos noble al presentar batalla hubiera evitado la derrota de Lord Reyner, nunca he dejado de admirar a aquel hombre, templado de acero viejo, último vestigio de un tiempo en el que el honor todavía significaba algo en los campos de batalla.
Hube de volver tras las líneas para añadir más brazos que suplieran las bajas sufridas y el día dieciocho, emprendida ya la marcha contra el castillo de Monterean, al que los ingleses habían dejado guarnecido de escasas tropas por las necesidades que de hombres les imponía la titánica Campaña de Junio, como dio en llamarse después. Yendo como digo, al asalto de Monterean, un nuevo encuentro en campo abierto hubo de retrasar mis designios. Fue éste con Lord Harald, un membrudo señor de hirsuta barba y voz de trueno, que mandaba una compañía de fieros soldados. No crucé con él otro parlamento que las mutuas conminaciones a la rendición, denegadas por ambas partes con menos cortesía de la usada anteriormente. En un campo cubierto de verde yerba y salpicado de ciclópeos pinos, dirigí a mis hombres de a caballo en una carga frontal, como es uso entre los de nación francesa. El cobarde Lord Harald, a lomos de un corcel blanco de gran alzada, ocultóse tras las filas de sus peones que, agrupados al pie de un gran pino, avanzaban vivamente al encuentro de los cascos de mis caballos. Las flechas disparadas con inigualable fuerza por los funestos arcos de tejo silbaron como marcando el inicio de la batalla y dos caballos rodaron por tierra de los que tras de mí cargaban. La línea inglesa resistió la carga a costa de muchos muertos que les hicimos, pero quedamos atrapados y no pudimos rehacer el escuadrón para repetir nuestra carga y nos vimos empeñados en combates parciales, en los que sufrimos mucho hasta que los de a pie llegaron a auxiliarme. Yo me había destacado de los demás cayendo sobre los arqueros que empezaban a afinar el tiro con sus infernales máquinas y a fe mía que de cada flecha hubiera un francés muerto en tierra si no lo impidiera mi espada. Otros hombres me siguieron haciendo gran descalabro y daño a las filas de los ingleses, pues así pudimos envolverlos y hacer descender sobre sus cabezas tal tormenta que el fuego del infierno les ha de resultar más grato. La nona parte de los ingleses eran muertos y solo siete quedaron vivos y éstos muy maltrechos, entre ellos Lord Harald, al que le habían matado el caballo, cayendo éste de costado sobre la pierna del señor, dejándolo atrapado y doliéndose con grandes lamentos y maldiciones. Lo tomé preso y le di siempre, como a sir Guy, el otro inglés cautivo, el cordial trato que entre caballeros es menester, aguardando vinieran a pagar su rescate.

No así los últimos hombres de su retaguardia que quisieron forzar una desesperada huida hacia adelante y cargaron con más valor que cordura. Solo dos vivieron. No menores eran las penas de mis soldados. Más de veinte yacían muertos, casi todos ellos en la primera acometida y otros tantos quedaron descalabrados de diversas suertes. Del botín tomado, que fue grande, aparté para mí una armadura completa de buen acero con protecciones de malla y un yelmo cerrado para sustituir el mío.
No quise arriesgarme al asalto con apenas cuarenta hombres en pie, de modo que volví a retaguardia para que allí sanaran sus heridas y de nuevo más gente engrosara mi mesnada. La guerra es un animal hambriento de vidas y todavía restaban muchos años para que aquel fuera saciado de su mortífero afán.
|
#9 Jue 05 Nov, 2009 16:43 |
|
 |
HoJu
Stabsfeldwebel


Registrado: Noviembre 2009
Mensajes: 1151
Ubicación: In Trance
Medallas: 5 ( Ver mas...)
|
 Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
Capítulo IX
Dejamos el relato de estos famosos y tremendos hechos mediado el mes de junio de mil trescientos y setenta y dos, pasadas las batallas que ya referí. Sin resultar derrotada en ningún lance, quedó mi hueste, no obstante, grandemente quebrantada por el continuo bregar y hubimos de replegarnos para lamer las nuestras heridas sin llevar a término la empresa que propuesto me había, que no era sino la conquista del castillo de Monterean.
Catadas las heridas de mis hombres y reemplazados los caídos, de nuevo marchamos en son de guerra contra Monterean. Guarnecían la plaza menos soldados de los que yo traía mas no era este asalto cosa de niños pues el castillo encaramábase a un empinado risco e hincaba sus murallas en la roca haciendo de la fatigosa ascensión un suplicio merced a las flechas de los defensores. Pusímosle cerco pero no tenía yo gana de sufrir las incomodidades de un asedio por hambre, pues no afligen éstas solo a los sitiados, que también a los sitiadores, de modo que dispuse el asalto con los parcos medios de que disponía.


Tendida que fue la escala de mano, pues la puerta era fuerte y se podía guardar muy bien desde dentro, nos trepamos a ella bajo el silbido mortal de los arcos largos que, aun siendo pocos sus portadores, de parte a parte pasaban las almas, tanto como pasaban de parte a parte las carnes. Entre los merlones, erizábanse de lanzas y espadas los ingleses y no eran mis tropas capaces de romper su enconada defensa. Envuelto en hierro de pies a cabeza, enardeciendo a mi mesnada con guerrero alarido, alcancé las almenas y abrime paso hasta el adarve que ocupaban los enemigos. Caí en medio de ellos, asestando furiosos tajos, mas muy embarazado por sus golpes, que no podían traspasar mi arnés pero me fatigaban los miembros y me lastimaban los lomos. Tras de mí iban mis peones y hombres de armas rompiendo las líneas y por cierto que, aun sin un caballo entre las piernas, mis caballeros, fueran vasallos o mercenarios, se batieron con sus mejores artes en este lance. Sin cuidarme más de aquella refriega, fuime muy presto contra los arqueros que, desde las torres, hacían gran mortandad entre los míos.

Allí vierais a aquellos matadores de tantos buenos caballeros soltar los arcos y echar mano a porras y espadas para venir a las armas con uno solo de ellos. Diéronme poco quehacer y volví al adarve donde se ejecutaba crudelísima lucha, pues los contrarios pugnaban por cada palmo de muralla regando las piedras con azumbres de sangre propia y ajena, que una vez se derrama poco importa de quién salió. Pudo más en fin la pujanza de los franceses y echamos a los de Inglaterra al patio escaleras abajo, no abandonando éstos un peldaño sin antes perecer alguno en su defensa. Resulta admirable esta determinación en villanos solos, sin otro líder que los oficiales de la casa, pues andaba el castellano armado en guerra contra las tierras del rey Carlos y un señor que pernoctaba en Monterean con algunas guardas suyas, huyose cobardemente burlando nuestro cerco la noche anterior.
Ya perdidas las murallas y con ello el castillo porfiaban algunos en hacerse matar matando, y dimos muy cumplido fin a sus deseos. El grande recinto de este castillo encierra grandes cortaduras y desniveles y les era fácil encontrar lugar desde el que hostilizarnos. A la postre no quedaron vivos sino algunos y estos heridos, y de los míos, a más de diez dimos tierra esa tarde. Fue gran fortuna, empero, que halláramos muchos soldados franceses presos, a los que habían de pasar a cuchillo si no hubiera llegado mi gente, en castigo por la brava defensa que de Monterean habían hacho ante los ingleses. Dieron un festín a sus famélicas carnes con las buenas viandas de que estaba avituallado el castillo y pronto sintiéronse con bríos para unirse a mi hueste.

Despaché al más veloz de mis jinetes con recado para el rey, informándole de nuestra hazaña y ponderando la bizarría de los hijos de Francia en lo más reñido de la lid, esperando la justa recompensa de gozar lo que por nuestros brazos habíamos ganado. Con el refuerzo de los cautivos liberados, que suplían con creces las bajas, y ya sanos casi todos los hombres, me resolví a partir bien de mañana pues no había sino dado principio a mi campaña.
Los ingleses habían hecho brecha en el frente y un grande avance pero no disponían de suficientes brazos para mantener guarnecidas tan dilatadas conquistas, al tiempo que continuaban sus ataques y defendían sus posesiones en Aquitania, Bretaña y Normandía. Andaban muchos partidos de ingleses en campaña pero sus fortalezas y castillos acusaban la osadía combativa de sus nuevos señores y se hallaban vacíos. Tomé la resolución de asaltar por los mismos medios que Monterean el castillo de Albe, que distaba varias leguas de allí, confiando en coronar la empresa con igual éxito. Es este casillo pequeño y de fuertes muros, y álzase sobre una colina de yerba verde. Su asalto no es tan penoso como el de los escarpados riscos de Monterean. Guardaban las almenadas cumbres apenas cuarenta hombres, la mitad de ellos con arcos y ballestas, aunque muchos eran campesinos armados a toda prisa con armas de caza. Los prisioneros que Albe encerraba en su vientre eran tantos como sus guardianes y el deseo de liberarlos de tan injusta prisión en que se veían, alentaba nuestros ánimos a la batalla.
Cercada la plaza, quise ofrecer al señor de ella generosas condiciones de rendición mas, como viéramos antes, el señor de aquellas tierras andaba armado en son de guerra corriendo los campos con la mayor parte de sus soldados. El mayordomo del señor, que era a modo de comandante y gobernador del castillo, escuchó mi propuesta y denegola con valerosas razones, conduciéndose como hombre de honor y caballero. Como la puerta estaba muy bien defendida de rastrillo y barbacanas, resolví de nuevo aparejar unas como escalas o pasarelas con planchas de madera que al efecto sacamos de mesas y demás muebles en los vecinos lugares.

Cubriendo nuestros cuerpos con escudos y paveses de los abundantes y no siempre desatinados dardos que nos tiraban y conmigo a la cabeza, nos entramos (no sin trabajo pues la pasarela temblaba con la prisa de nuestros pies y los intentos que desde las murallas hacían por arrojarla abajo) por la brecha del antepecho que hicieran los ingleses en su conquista, siendo así que por su propia mano les venía su perdición. Ganadas las murallas con esfuerzo y sin que los ingleses dieran ni pidieran cuartel, seguimos luchando en el patio, en las casas y almacenes. Cuando ya sólo los gemidos y amargas lamentaciones de los heridos se oían en Albe, me tiraron de alguna parte una traidora flecha que por ventura erró el tiro. Supimos que el mayordomo y sus más fieles se habían encerrado en la torre del homenaje y esperaban allí resistir. Había en el patio un carro cargado de leña que empujamos trabajosamente a modo de ariete contra la puerta. Estrellose dos veces y crujieron y se astillaron las maderas de roble y dobláronse los herrajes. Entré con unos pocos de mis hombres y buscamos a los postreros defensores, a los que hallamos en el salón principal, hecha barricada con las mesas. Viéndolos resueltos a batirse, no pudimos sino condescender y darles la muerte que parecían anhelar con tanto afán.
Estuvo de Dios que aquel día murieran buenos hombres de ambas naciones, pues lamenté mucho la muerte de quienes tan bravamente se habían defendido, y mucho más la de aquellos de mis hombres que quedaron sobre las murallas, no sin ser atravesados de muchas flechas o lanzadas. De los prisioneros que tenían, algunos uniéronse a mí sin reservas, mas otros quisieron volverse a sus lugares o buscar a su señor, al que temían necesitado de auxilios, de modo que les di licencia para partir en buena hora.
De nuevo escribí a Dijon, o adonde quiera que mi señor Carlos V estuviera para darle razón de la batalla que hubimos en el castillo de Albe, confiando en verme ya castellano. No era solo la ambición de ver aumentados mis feudos lo que me movía sino el gran temor que tenía por que los prisioneros, a despecho de las guardas que procuraba tener siempre con ellos, se me huyeran de noche aprovechando algún descuido en el campamento.
Después de tan tremebundos combates, mi tropa era muy diferente de la que partiera a principios del mes de junio, que ahora iba tocando a su fin. Muchos hombres habían muerto de los que entonces traje conmigo pero aún así éramos más que entonces. Entonces solo contaba con bastantes hombres de a caballo, caballeros y escuderos suyos, y muchos peones armados pobremente. De estos los más eran muertos con gran pesar mío y habíalos sustituido con los cautivos rescatados, en su mayoría soldados de gran valía, infantes y caballeros bien pertrechados, y ahora me tenía por capitán de una compañía de bravos y diestros hombres de armas.

Regresaron mis dos emisarios juntos acompañados de un joven pupilo de la casa del rey para comunicarme la decisión del soberano. Ésta me llenó de funestos pensamientos y amarga rabia pues, bien que Su Majestad consideraba muy valiosos los servicios prestados al trono por este su buen vasallo Guillermo señor de Chalon, me concedía en premio no más que un cofrecillo de oro que el joven escudero traía en custodia para entregar en mi mano. Al recibir tan parco presente, las palabras de agradecimientos se volvieron como bilis en mi boca y hube de escupirlas con más brusquedad de la que el muchacho merecía. ¿Qué se hizo de la plaza de Monterean, preguntaréis, en la que tantos buenos hijos de Francia dejaron su vida entre los peñascos? Recordaréis la ocasión en que fui llamado a Dijon para participar en la elección de un nuevo mariscal del reino de Francia y como este cargo recayó sobre el Conde Geoffroy, en perjuicio del Baron Olivier, que se fue muy corrido. Para congraciarse con aquel poderoso señor, el rey Carlos andaba buscando qué rentas o feudos podría entregarle sin menoscabo del patrimonio real, del que era muy celoso guardián. Cayóle como del cielo el castillo que yo ponía en sus manos y se lo regaló sin cuidarse de que hacía tamaño desaire a un buen vasallo para contentar a otro de lealtad mercenaria.
¿Y qué se hizo de Albe, fortaleza de gruesos muros? Tampoco fue para mí sino que quedó en manos de algún otro noble que empleaba su brazo más en hacer reverencias y donaires a los cortesanos de Dijon que en blandir con él una espada. Con grande resentimiento me puse en camino con mis dos cautivos ya sanos y entregados a murmuraciones en mi daño, de tal modo que hube de separarlos y sólo se veían y hablaban cuando comían en mi compañía y la de mis lugartenientes. Encaminamos pues nuestros pasos a retaguardia para allí hacer avituallamiento y descanso de nuestras fatigas.
|
#10 Jue 05 Nov, 2009 16:46 |
|
 |
|
|
|
Página 1 de 6
|
Usuarios navegando en este tema: 0 registrados, 0 ocultos y 1 invitado Usuarios registrados conectados: Ninguno
|
No puede crear mensajes No puede responder temas No puede editar sus mensajes No puede borrar sus mensajes No puede votar en encuestas No puede adjuntar archivos No puede descargar archivos No puede publicar eventos en el calendario
|
|
|
|
|