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AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra
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Mensaje Re: AAR Mount & Blade (100 Years War Mod) El Perro De La Guerra 
 
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Capítulo X



Es para mí muy ingrata tarea el traer a la memoria y narrar los males sin cuento que se abatieron sobre mí aquel mes de julio del año de Nuestro Señor de 1372, sin duda castigos que quiso enviarme Dios por mis muchos pecados, pero me es forzoso ser fiel a la verdad de esta crónica.

El 1 de julio andaba yo corriendo las cercanías de Albe, castillo de que ya hablé, cuando, siendo ya noche cerrada y discurriendo si habría de allegarme a la fortaleza a pedir hospitalidad, alertáronnos ruidos de refriega y vimos que en un valle tenía lugar una escaramuza de poco monto entre una treintena de hombres. Iban los franceses muy quebrantados y su señor Philippe d’ Hainaut había caído. Los ingleses, por su parte no andaban con mejor pie. No fue menester poner en juego toda mi mesnada para hacer paz quedando muertos los ingleses que no se rindieron, como sí hizo su señor, Lord Talbar, al que tomé cautivo. Debía de ser caballero de alcurnia pues no pasó un día  hasta que, so pabellón de paz, vinieron a ofrecerme por su rescate una suma que acepté, pues temía no poder controlar a mis tres nobles prisioneros si no tenía lugar fuerte donde custodiarlos. No pasó largo tiempo sin que vinieran a rescatar también a Sir Guy con mucho oro que sus allegados reunieron.

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Al día siguiente, no lejos de allí, topé con Lord Frere y hubimos crudelísima liza que dejó en el campo más de ochenta hombres muertos, la cuarta parte de mi campo. Perdí mi montura y a pico estuve más de una vez de perder también la vida pero logré el auxilio de mis jinetes y uno de ellos tuvo la bondad de prestarme su caballo. Escapóse el Lord dejando como digo a los más de los suyos y no pocos de los míos muertos en tierra.

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Dos días después sorprendí en la oscuridad la tropa de cincuenta lanzas de Lord Gharmall, a la que puse en fuga con poca pérdida de mi parte y no quedando sano, según creo, nadie de la suya. Era mi propósito buscar algún otro castillo a cuyos muros encaramar mis esfuerzos, pensando que ya no hallaría el Rey razón para negármelo. A tal efecto busqué más peones por las villas y los burgos y no bien había repuesto mi hueste, habiendo liberado a los villanos de Vaucouleurs de una banda de salteadores que allí hacía su tiránica voluntad, recibí recado para reunirme con Su Majestad que, arrogados para sí los poderes de mariscal del reino, reclamaba de mí el auxilio que, a despecho de las ingratitudes sufridas, me resolví a darle luego como buen vasallo.

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Supe que había puesto cerco Su Majestad a la plaza de Neufchâteau, plaza que había estimado yo entre las más acomodadas a mis propósitos de conquista. Llegado a sus reales el día que debió ser siete de julio, me sorprendió grandemente ver que Carlos V de Francia emprendía campaña al mando de no mayores fuerzas que las mías, y se me figuró que pocos guardadores podrían hacer muy buena defensa del castillo contra tan pocos hombres. Quise unir a él mis esfuerzos y aun pensé que a ese efecto me había llamado, con lo que de seguro sería nuestro el castillo, mas no me dejó siquiera hablar y mandome a hacer una descubierta a las plazas y lugares que ocupaban los ingleses y volver a él con los informes que de allí sacara del número y calidad de sus guardas. No encontré en Chalons ni Senlis indicios de los movimientos que inquietaban al Rey, mas, comoquiera que él no me esperaba hasta pasados algunos días, quise llegarme cerca del castillo de Monterrean, pues la guerra sacudía violentamente aquellas tierras. Lo encontré sitiado de muy grandes fuerzas inglesas, a cuya cabeza iba el mismo rey Eduardo III. De ninguna manera podía la huérfana y escasa guarnición de la plaza resistir tales fuerzas, pues no montarían más de cincuenta hombres y no había noticias del barón Olivier a quien, con tanta liberalidad, Su Majestad otorgó lo que para él otros ganaron. Marcharon muchos de a caballo en mi demanda al verme ojeando el campamento y debí retirarme adonde mi señor aguardaba, no sin gran congoja de abandonar Monterrean.

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Me llegué a los reales de Su Majestad a darle mis informes que ponderó como de mucha valía y planté también mis pabellones frente a los muros de Neufchâteau, para tomar parte en la batalla que estaba por venir. Sucedió que el Rey, provisto, con las mías y las suyas, de no despreciables fuerzas con las que intentar forzar la plaza e informado por mí de que no lejos, el Rey de los ingleses andaba en campaña con gran hueste, no quiso prestar oídos a nuestros consejos y persistió en su empeño de rendir por hambre a la escasa y bien avituallada guarnición de Neufchâteau, en lo que demostró obrar muy mal y con poco seso.

Temía yo por mi gente pues la ociosidad es grande enemiga de la disciplina y sin batalla en la que ocupar su cuerpo y su alma, el soldado añora el dulce lecho de la esposa que dejó atrás. Así, desperté el doce de julio y hallé que unos soldados, tomados sus sesos de alguna locura, cometieron la horrenda felonía, más vil siendo varios, como lo eran, caballeros, de desertar en lo oscuro de la noche. Ignoro si por hastío de la cruel espera a que el rey Carlos nos obligaba o por miedo de lo que había de llegar con el alba, que no fue sino el retumbar de las cabalgaduras, el trino de trompas y el brillo del sol naciente en cientos de petos bruñidos. Eduardo de Inglaterra se venía a nosotros con toda su fuerza; mi rey, en menos tiempo del que se tarda en narrarlo, abandonó las más de sus tiendas y montando a toda prisa, partió hacia la seguridad de los muros de Dijon. A buen seguro que juntos, habríamos podido hacer frente al inglés, pero ampliamente superado y tomado ya el camino por el que huía el Rey, me vi forzado a levantar yo también mis reales oyendo los vítores de los sitiados, esperando alcanzar Monterrean para refugiarme allí y resistir el sitio que momentáneamente parecía haber sido levantado. Cuál fue mi aflicción al ver ondeando en sus merlones el pabellón bermejo de los ingleses. Monterrean había cambiado de manos tan presto como cuando cayó en las mías.

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Vime sin remedio atrapado entre unos muros hostiles y casi doscientas lanzas que venían en mi demanda. Apresté pues a mis noventa y tres hombres para una desesperada lucha y revolvíme contra la mesnada real, queriendo romper sus líneas con una audaz carga a la francesa. Fue grande la mortandad que hicimos entre sus filas, allí vierais tantas lanzas hundirse y alzar, tantas adargas hender y traspasar, tantas lorigas quebrar y desmallar, tantos pendones azules, en roja sangre brillar. Fue una gloriosa escabechina la que allí hubimos, que tal vez no merezca más que una nota fugaz en los anales de la historia, pero sabed que en ella cayó herido por mi mano el mismo rey de los ingleses y muchos barones suyos. No se retiraron del campo con tan grandes desgracias sino que redoblaron su furia y nos acosaron con muchos dardos, flechas y espadas, tendiendo muertos a muchos franceses de bien. Declinaba el sol y seguía la liza cruel, tiñendo en sangre los campos. Muchos dieron aquel día su alma, de ambos campos; perdido mi caballo, metíme entre las filas de los arqueros ingleses con tanta saña que, de cuantos probaron mi espada, ni uno quedó con sombra de vida. Mas por muchos miembros que cortáramos y cabezas que hendiéramos, no se agotaba la cascada escarlata que venía contra nosotros y vímonos cercados de decenas de enemigos unos pocos supervivientes, mis más fieles camaradas, y yo, los más, heridos y agotados, parapetándonos tras terraplenes de cadáveres y no reconociendo en nuestros rostros desencajados y manchados de sangre ya los rasgos del human linaje, sino los de la bestia hambrienta de vorágine. No pedimos cuartel, ni nos lo ofrecieron. Al trepar entre la macabra muralla que nos defendía, encabritóse el caballo de un jinete inglés, al que con toda la fuerza que me restaba di tal tajo que quedaron tronchados el peto y la carne y aun crujieron las costillas y casi se partió en dos. Tomé la montura y mis tres compañero imitaronme y con broncas voces de rabia, lanzamos una última carga, rotos y ensangrentados, como muertos levantados de aquella fosa que había sido campo de batalla. Tan espeluznante imagen causó gran pánico unos momentos pero pronto se deshizo el pasmo y nos acometieron con presteza, derribándonos y dándonos tan grandes golpes que creí morir y así habría sido si el rey Eduardo, hondamente impresionado, no hubiera querido conocer a quien tan denodadamente se había batido, dejando a la mesnada real tan quebrantada que habrían de volver a sus cuarteles o aun al otro lado del Canal, pues de sus ciento setenta y nueve hombres ciento fueron muertos y solo siete heridos, de lo que recibieron todos gran horror y admiración. De los míos, cuarenta y nueve fueron a reunirse con el Creador y el resto sufrimos gran quebranto, muriendo muchos de resultas de las heridas.

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Convalecí unos días muy bien atendido de los médicos del rey, mientras la hueste marchaba hacia Chartres para allí reponerse, pues era esta plaza también tomada por los ingleses. En sus cercanías, hallé el modo de evadirme junto a unos pocos de mis compañeros de prisión, lamentando amargamente la pérdida de tantos buenos hombres pero resuelto a formar nueva mesnada con la que llevar a término los más grandes prodigios, como veréis, si Dios me da fuerzas y a vosotros paciencia.

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Hombre ya está aquí el apilajinetes.  
 



 
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Capítulo XI



No creáis que habían de tener coto mis desventuras  con estos ominosos sucesos de mi derrota y prisión, pues aunque de ellos salí con regular fortuna, no fue sino para caer de nuevo en los hondos abismos de la desgracia.

Concedióme el Señor cierto reposo de mis cuitas que por lo efímero y engañoso diríase más burla cruel que divino premio. En este tiempo, que fue el de la segunda mitad de julio del Año de Gracia de 1372, anduve corriendo las villas y burgos en donde era bien conocido e híceme a las pocas semanas con respetable compañía. Me vi forzado en aquellos días a de nuevo perseguir el latrocinio de los vulgares salteadores y desertores y huir de cuanta hueste inglesa se me presentaba a los ojos. No por mísera y desarreglada fue mi vida entonces peor que en los venideros días, y me holgaba mucho de hacer buen servicio a mi ingrato señor, extirpando de sus campos a la canalla más vil.

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No pudo agradecerme Su Majestad mis desvelos pues cayó preso en lamentabilísima escaramuza que le hicieron los ingleses. Andaba el reino descabezado por esta causa y se reunieron en Dijon los pares a toda prisa para nombrar un mariscal que rigiera en ausencia del bienamado monarca. Fue el elegido el infame Gerluchs, un hombre oscuro que había llegado a lo más alto de la corte, si hemos de dar oídos a las malas lenguas, desde las sábanas de la Reina.

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Como mi creciente hueste daba muestras de hastío, temí planeara sobre ellos el fantasma de la deserción, como ya lo hacía el de la indisciplina. Eran frecuentes las peleas y las quejas masculladas y no me quedó otro recurso, pues los cobardes ingleses no parecían en parte alguna, sino permitirles hacer saco de las villas que pechaban al enemigo. He de decir que me empujó a esta maldad el recuerdo de la derrota sufrida a manos del Rey Eduardo, y el de los muchos hombres que me habían servido con lealtad y yacían ahora en fosas sin nombre, olvidados de Dios, por toda Francia. Más hubiera debido dirigir tales resentimientos contra mi indigna persona, pues mía era la culpa de haberlos conducido a tal destino, pero la cristiana penitencia no era entonces uno de mis pasatiempos y la sangre bullía en mis venas. No es disculpa para mi abyección y no es mi ánimo hacer descargo de mis culpas. Baste decir que la villa de Bretigny y la de Senlis, sufrieron inmerecido castigo por mi sangrienta mano.

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En los últimos días del mes de César de nuevo puse sitio a Albe, castillo que por inconstancia de su señor, había caído de nuevo en manos de los ingleses, haciendo inicua la sangre que entre sus sillares dejáramos apenas un mes antes. Guarnecían la plaza poco más que una veintena de hombres pero rehusó su señor Lord Eliot la rendición, de modo que marchamos en son de asalto sobre las murallas y expugnamos no sin trabajo a los defensores, quienes pelearon con tal braveza que solo el señor quedó vivo, aunque tan malparado que aun no sé cómo escapó del castillo y pregúntome muchas veces si no sería magia lo que lo sacó de allí. Mataron de mi gente a  más de los que hubiera yo querido pero bien valía su sacrificio un castillo, pensé.

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¡Cuán ingenua fue esta reflexión! Aun mientras reposaba en las estancias de Albe, esperando respuesta a mi justa reclamación y pensando ya en cómo amueblar los salones, llegaron a las puertas unos jinetes en los que reconocí la divisa de Pierre de Rosmadec, a quien el contrahecho mariscal Gerluchs otorgaba el señorío sobre el castillo. La arbitrariedad de esta merced, pues ni siquiera se volvía Albe al señor que antes lo había recibido de orden del propio Rey, no podía sino inflamar mis iras y herir con saña mi maltratado honor. Aun viéndome de tal modo arrastrado por los lodos de la ignominia, callé y acepté rechinando los dientes el vil soborno mercenario que hacíase pasar por honrosa dádiva y recompensa de mis fatigas. No tardaron los ingleses en aparecer con armada tropa más tiempo del que tomé yo en alejarme del castillo. Volví riendas para enfrentarlos, aunque más gana tenía de partir enhoramala y dejar que allá se las compusiera el nuevo castellano. Pudo más mi conciencia y marché de vuelta a Albe pero, prevenidos los sitiadores, dejaron el campo perdiéndose de mi vista a las pocas millas.

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Dirigímonos a Poniente, para allí llevar a cabo nuevas hazañas de las que estaba seguro no podrían seguir haciendo oídos sordos en la corte. Cuál no sería mi sorpresa cuando me dieron aviso mis batidores, que siempre llevaba para averiguar el camino ante nosotros, que a no mucha distancia marchaba el mismo Rey de los ingleses con ligera escolta. Creíme en apropiada situación para volver a Eduardo la derrota que infligido me había y mandé esforzar la marcha. Al distinguir la regular mesnada que encima se le venía apretó el paso el inglés y metióse entre los bosques de aquella región, que son de arbolado muy prieto, esperando perdernos allí. Se embarazaban nuestras cabalgaduras en lo espeso de la selva y Eduardo III se nos huía. Ya maldecía mi suerte cuando, por ventura, cayeron los perseguidos en la celada que les hizo monsieur de Tribidan, caballero de muy feos modales con el que mantenía amarga disputa y rencores mutuos por causas baladíes que el tiempo ha arrancado ya de mi memoria. Viéndolo empeñado en combate que no le era del todo favorable y temiendo lograra huirse el inglés, acometí con mis hombres en su auxilio, olvidando la animadversión que por Tribidan sentía, poniendo tan gran diferencia en la pendencia que, peleando como pelearon las guardas del Rey con grandísimo arrojo, hubieron de quedar todas ellas muertas en tierra pues antes quisieron perecer que dejar de defender a su soberano. Éste cayó también con muchas heridas de las que manaba sangre bermeja sobre la bermeja manta de su caballo.

Agradeció mi intervención Tribidan pero murieron en la boca sus cortesías cuando reclamé para mí la custodia del regio prisionero. Bregamos muy recio de palabra por esta causa, y aun a pico estuvimos de bregar de obra, mas contuviéronse en su vaina las espadas y tras mucho porfiar, bastó la magnitud de mi tropa para meter en su seso al caballero y hacerle desistir. No quedó contento y se partió jurando había de poner el grito en el cielo por tamaña injusticia hecha por la fuerza contra la razón que, según él, le asistía. Despedíle con mil demonios y seguí mi camino, vigilando muy estrechamente al maltrecho Rey sin por ello negarle las más delicadas atenciones que a su condición procedían.

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En las tierras del Sena, determiné de marchar sobre Chartres, que los ingleses habían tomado por la fuerza de las armas y que me pareció lugar próspero y muy a propósito para plantar allí un floreciente feudo con el fin de la guerra. Montaba su guarnición pocos hombres menos de los que yo traía, que eran ciento, pero bien sabido es que un defensor, si la plaza es fuerte, vale lo que diez hombres descubiertos. Aprestamos pues todos los medios para un penoso asalto, y pusimos angosto cerco al castillo. Aquella noche que fue la del treinta de julio, supe que venía una pequeña compañía con objeto de romper el asedio, obrando en connivencia con los que dentro estaban, para atacarnos por entrambas partes. Así prevenido, cargué contra los importunos visitantes, dejando bien guardada la puerta por la que habían de salir, si tal osaban, los defensores. Roto su formidable plan de sorprendernos, restaron todos en su puesto y no pudieron sino escuchar los ecos y adivinar en lo oscuro los movimientos de la batalla que dimos sobre Lord Surdun. Fue un lance breve y solo hube de lamentar dos muertos en mis filas y algunos heridos de poca monta, perdiendo los ingleses toda su gente salvo unos pocos que huyeron.

No quisimos demorar más la expugnación de Chartres y por la mañana tendimos la escala, deseosos de desayunarnos cada uno con cuatro o cinco ingleses. Fue la ascensión muy dificultosa por los muchos arqueros de los de arco de dos varas, que hacían gran daño traspasando arneses y lorigas. En la brecha muchos peones trataban de arrojarnos abajo y hubo de correr mucha sangre hasta que pasamos al adarve unos cuantos conmigo a la cabeza, procurando desde dentro aflojar la fuerza que hacían a los que subían. Vinieron sobre mí muchos hombres de armas reciamente armados y vi que pocos de los míos restaban en el adarve, caídos los más y rechazados otros de nuevo hacia la escala. Defendímonos como leones hiriendo y golpeando, gritando y matando. Roto en pedazos mi escudo, así con las dos manos mi acero, mas fue al fin que un tajo sobre los ojos nubló mi visión y apretáronme de tal modo que no escribiría estas líneas si uno de mis caballeros no me sacara de allí a rastras. Con este último esfuerzo de mis hombres para sacarme vivo de las almenas, se retiraron al campo con gran quebranto, aunque no menor que el de los defensores.

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Cataron mis heridas que no eran tan graves como prometían y al día siguiente volví a encabezar, aunque dolorido y débil aun, denodado asalto contra los fuertes parapetos. La mitad de los arqueros ingleses habían perecido y los peones nos hicieron menos oposición en la brecha, ganando el adarve con menos sufrimientos, que no pocos. Peleaban muy de firme por cada palmo y ocultos en el castillo nos asaeteaban desde las aspilleras, mas nos entramos por las torres cual bíblica plaga y allí dieron su vida casi todos los ingleses, dejando la plaza en nuestro poder con grandísimo quebranto de mi hueste segada de tal modo que de cien animosos corazones que conmigo venían, quedaron con latido apenas más de treinta y ninguno salió sin heridas. Deploré amargamente sus pérdidas pero no causaron a mis planes trastorno tan grave como se esperaría de la tremebunda cifra, puesto que en las umbrías entrañas del castillo de Chartres penaban más de ochenta espectros, que tras haber buen yantar, volviéronse a su ser de hombres y muchos aceptaron unírseme.

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Diréis que tamaño sacrificio en vidas era más que suficiente razón para recompensar con largueza al conquistador de tan formidable plaza, aun sin hacer cuenta de los innumerables lances de no poco mérito que figuraban en mi haber, bastantes para recibir los laureles del triunfo si de Roma fuera general, y que me habían sido pagados con desaires e ingratitudes. Diréis así y diréis bien, y con ese ánimo esperé varios días hasta que, junto a la respuesta de mi petición, vinieron a Chartres como treinta hombres de armas en nombre de no sé qué señor para hacerse dueños de la fortaleza. Trajeron la nueva de la liberación del Rey Carlos, cuyo primer acto había sido otorgar esta merced. Fácil entrada tuvieron, sin ingleses que la estorbaran.

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¿Qué hubierais hecho, señores, en mi lugar? ¿Permitiría vuestra honra tamaña injuria, culminación de una serie de ellas, a cual más infamante? ¿Doblegaríais la orgullosa frente, plegaríais la rodilla pisoteando la furia de vuestros pechos para impedirla salir? ¿Acaso no implica el homenaje mutua correspondencia del vasallo al señor y del señor al vasallo? ¿No merecía premio mi intachable lealtad? No es honrado señor quien tales inquidades permite, sino tirano. Comprended esto y no juzguéis por felonía o liviandad lo que no fue sino limpieza del honor ultrajado, forzoso deber de todo caballero, por penosa y triste que resulte su ejecución. La Historia me tildará de criminal y escarnecerá mi nombre pero yo tengo en más el haber salvado mi pundonor íntimo y así sostengo mi acto como legítimo y lo repetiría, con tanto dolor como la primera vez pero con la misma firmeza, si de nuevo me viera así vilipendiado.

Y basta ya por hoy de estos ominosos recuerdos, que tales excitaciones fatigan mi viejo cuerpo y colman de amargura mi alma.

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Capítulo XII



Dicho en mi descargo lo que queda expuesto, es tiempo de pasar a narrar cómo me vi arrojado en medio de una guerra que ya no me quería en ninguno de los bandos sañudamente enfrentados, y cómo sufrí dobladas todas las miserias que azotaban a los dos tronos.

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Renunciado que hube a mi juramento de pleitesía, con las justas razones que no es menester repetir, halléme por fin señor del castillo de Chartes y de la aledaña villa de Bretigny. Con gran pena supe que habían sido usurpados mis feudos de Chalon en castigo de la felonía que el rey Carlos me imputaba. En ningún momento desfallecí en el deseo, asistido por la razón, sino la del rey, la mía propia, de recuperarlos y así mantuve con orgullo en mi nombre la digna reclamación e hice correr por los campos de Francia que Guillermo de Chalon, señor de Chartres y Bretigny, era honrado caballero que no sino a causa de las injurias recibidas, veíase obligado a la ocupación por fuerza de lo que de grado y con merecimiento no le daban. Nunca quise guerra con los de nación francesa, de los que lazos de sangre y corazón me hacían compatriota. Confieso que no creí llegara tan lejos mi rebelión, esperando que, llamado el rey por las imperiosas trompas de la guerra, no había de gastar esfuerzos en aplacar las humildes veleidades de un siempre leal caballero y aun amigo, y concederíame el señorío de Chartes para evitar la intestina revuelta. Mas Su Majestad, siempre celoso velador de la autoridad del trono frente a sus vasallos más orgullosos, no quiso oír hablar de transigir con quien llamaba felón y desagradecido y declaróme enemigo de la corona, más encarnizado si cabe que el inglés. Hacia éste volví los ojos esperando encontrar en el enemigo ancestral una mano amiga, escribí cartas a caballeros ingleses que tenían mucho qué deberme y a otros a los que yo debía mucho, mas de todos recibí desabridas respuestas y ninguno quiso sostener mi rebelión contra Francia, pues era enconado el odio que en aquel bando se me tenía. Vime así forzado a proclamarme soberano de un señorío que montaba un solo castillo, emplazado en lo más expuesto del frente de una guerra cuyos dos contendientes me aborrecían.

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Ni siquiera en mis feudos era grata mi presencia a los villanos. De esto admito que solo yo tengo la culpa pues fui yo quien hizo infame saco de la villa desguarnecida de Bretigny, matando ganados, y pillando cuanto de provecho en ella había. Era de temer la revuelta de los siervos, de modo que acepté darles carta de franquicia de las más generosas que entonces se usaban y púseme a su servicio para reponer los males que había causado. Pidiéronme les trajera grano para sembrar la próxima cosecha, animales vacunos, de leche y de tiro, y me rogaron que empleara algunos días en instruir a sus jóvenes en el uso de las armas, a lo que accedí gustoso cuando estuve seguro de que sus intenciones no eran levantiscas, sino las de defenderse de bandidos y huestes guerreras de las que mi incipiente principado sería blanco seguro.

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En prevención de tales correrías, hube de emplear los más de mis hombres en guarnecer los muros de Chartres y durante unos días dediqué mis esfuerzos a erradicar, acompañado de mis capitanes y algunos villanos voluntarios, la pestífera ralea de asaltadores y bribones que al albur de la guerra florecía. Para ello, más que guerreros ardides, usábamos de ojeos y batidas, como cazadores de alimañas.

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Algunas veces en estos primeros días de agosto amagaron cercar a mi castillo fuerzas de ambas partes, pero más parecía que tentaban el número y ánimo de mis hombres pues nunca osaron pasar adelante en su ataque, bien que en cierta ocasión hube de poner por efecto la estratagema de llegarme a la vista de sus tiendas simulando tener gran hueste para apartar a los sitiadores de su empeño.

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Habré de relataros ahora la aventura que hube en la no distante ciudad de Orleáns, cuyas puertas pasé aprovechando la gran afluencia de gentes que, con motivo de unas justas o torneos, llegaban al tal burgo. En guisa de cabalero transeúnte, oculto tras tupida celada, logré los más altos honores del triunfo en cuantas pruebas disputé, ya en combate de grupo, ya en justa singular. Recibí del señor de Orleáns, Hugues de Payens, gran elogio y ricos presentes mas no quise acceder a desvelar mi rostro y no fue sino después de franqueados los muros que mandé a un escudero con la comisión de entregar en mi nombre a cierta dama, escogida señora del amor y la belleza, un fino pendón donde sable sobre plata, figuraban mis armas. Supe que de Payens, antiguo protector mío, sabido que fue mi engaño, quiso tomar tal prenda para ultrajarla, mas no lo consintió la hermosa dama, y quedó el señor muy corrido.

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Después de esto quise marchar a catar mis feudos de Chalon, que me habían sido arrebatados por el rey. Armé pues una pequeña compañía y tomé el camino del sur. Aunque recelosos, mis antiguos villanos me recibieron con el afecto que es natural a quien tantos bienes habíales hecho. Temían, no obstante represalias de su nuevo señor, así que no quise demorar más mi visita. A mi marcha siguiéronme más de veinte voluntariosos mozos bien dispuestos, armados por el concejo de la villa como regalo de despedida a su señor. No miento si digo que derramé emocionadas lágrimas ante este gesto y prometí volver un día, restaurado mi honor, y agradecer con largueza tantos peligros que por mi causa corrían.

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Capítulo XIII



Anduve en estos días muy atareado, pues viose Chartres cercado de fuerzas francesas que doblaban muy largamente las que yo tenía guardando la plaza, unos cien hombres de diversa condición, ballesteros y peones. Muchos menos, apenas cincuenta lanzas, eran los que conmigo andaban en campaña, con lo cual era excusado pensar en romper por mis medios el asedio estrechísimo en que mi castillo se hallaba.

No fuera tanta mi congoja si no viera tan aguerridos a los enemigos, pues había en Chartres vituallas para muchos días, en que me sería posible buscar reparo de qué nutrir mi hueste, y el castellano que dejara a cargo de la plaza era hombre templado que no había de rendirse a ninguna intimación del sitiador. Pero el gran número de los franceses teníalos envalentonados y temí pretendieran forzar el asalto. Así, me dediqué con mi compañía a estorbar todo lo posible sus preparativos, corriendo con mis jinetes a la vista de sus campamentos, atacando sus partidas de forrajeo y abastecimiento y haciéndome perseguir de ellos, a veces por varios días, para distraer su celosa vigilancia y entrar algunos pertrechos en Chartres. Con estas tretas demoraba el asalto pero me era forzoso encontrar alguna forma de acabar con tan penosa situación, que tanto fatigaba a los de fuera como a los de dentro del castillo.

Y Dios se sirvió de traerme alivio a la semana o poco menos de andar en estos pasos. Deliberando estaba con mis adalides en lo que sería menester hacer en adelante, puestos a la vera de un bosque de donde teníamos buena y discreta vista de los campamentos en los que ondeaban brillantes los pendones de los señores, cuando observamos grande movimiento y alboroto, formaban los peones y eran ensillados los caballos. Al poco supimos la causa de tal agitación y era que por la parte de Levante, del otro lado de donde nosotros estábamos emboscados, se acercaba respetable tropa de ingleses en son de guerra; no supe si venían contra los franceses, si contra Chartres o si era otra su empresa, mas a buen seguro no esperaban hallarse de bruces frente a los de Francia, pues no iban muy apercibidos, al viento los flamantes estandartes, y a la vista de que los sitiadores ponían en orden muchas de sus tropas y venían sobre ellos, volvieron grupas en orden de retirada.

Gran alegría tuve al ver cómo eran seguidos de mucha parte de los que en el asedio estaban empeñados, pues competían sus señores por quién de ellos cobraría tan gallarda presa, quedando todos los que restaban muy alborotados. Sin dilación comisioné al más ágil de los pajes de armas a que se entrara secretamente en Chartres con aviso mío de que estuvieran los hombres de la guarnición bien apercibidos para efectuar una salida y, con la ayuda del Señor, liberar la plaza. Tal se hizo, trocándose los setenta franceses de cercadores en cercados. Volviéronse primeramente a los que de la fortaleza salían, quedando su retaguardia expedita para cargar con mi gente de a caballo y desbaratarlos de suerte que al acabar la refriega solo hube entre los míos cuatro muertos, quedando los más de los enemigos en el campo y su señor cautivo en mi poder. Quise marchar en demanda de los demás señores que tras de los ingleses iban y aun de los ingleses mismos, si se terciaba, mas no era prudente dejar desguarnecida la plaza de Chartres, antes bien, me dediqué a dotarla de tantas guardas como pudiera a fin de disuadir futuras iniciativas contra sus muros.

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Capítulo XIV


En mis muchas correrías había allegado un razonable botín en armas y guerreros arreos, que colmaba lo que mi hueste pudiera necesitar para su avío propio. Quise sacar algún provecho de tal botín, para lo cual me fue forzoso introducirme secretamente en la ciudad de Paris, aprovechando el mercado que se hacía y vender allí las piezas. De lo que saqué y aun más, dieron buena cuenta unos caballeros sin señor que tuvieron la gentileza de acompañarme siguiendo el tintineo de las monedas de mi faltriquera. Gran contrariedad hube cuando recordé que era día de soldada para mis hombres y que con tan liberal dispendio no podría afrontar el pago. Temiendo una revuelta, armé en campaña a un buen número de mis soldados, pues la molicie es grande amiga de conductas levantiscas, y quise salir a buscar por cualesquiera medios los dineros que les adeudaba, que nunca fue Guillermo de Chalon hombre que deje de cumplir lo que promete.

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Topamos una caravana de mercaderes franceses, a la que exigí entregaran su oro. Venían con razonable guarda y esto les dio más valor que seso, pues si bien bastaba esa guarda a disuadir el pillaje de los salteadores, nada podía contra mi hueste que montaba cuatro veces más hombres. Quisieron bregar, confiando en huirse los mercaderes a través del bosque a la no distante plaza de Paris, llevándose los dineros, mas no estuvo de Dios tal cosa y los arrollamos sin desgracias por nuestra parte. Era muy pobre la mercadería que traían y poco el oro, pero llevaban consigo una cuerda de presos ingleses a los que di muy buena acogida, si bien no sirvió esto para aliviar mis finanzas sino más bien para hacerlas más precarias, pues más bocas se ajuntaban a mi mesnada.

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Dejé a los más de mis soldados en Chartres pues me era de gran estorbo andar en campaña con más de cien lanzas y di sobre varias caravanas de ingleses y franceses, cuyos capataces fueron más sensatos y se avinieron a pagar a cambio de libre paso.

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Recibí de los ingleses una propuesta de rescate por su rey, que era cautivo en mi poder, mas, aun estando tan necesitado de dineros como estaba, era tan ridícula la cantidad que la denegué luego por parecerme grave injuria hacia mí y hacia el propio rey Eduardo. Sí acepté el rescate, más razonable, que me ofrecieron por el señor francés que obraba también en mi poder.

Mas como no bastaba el mester de arancelero para atajar el ayuno de mi bolsa, Dios me perdone, me arrojé al saco y al pillaje en muchas aldeas y villas, sin distinguir ingleses ni franceses, pues en ambos campos se me trataba ya de bandolero y cruel asesino. Muchas tropelías hicieron mis hombres, y yo la más grande de todas que fue el haber consentido las de ellos.

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En estos menesteres de saqueo en poblado y asalto en despoblado pasé lo que restaba del mes de agosto de mil trescientos y setenta y dos, tiempo en que tampoco perdí ocasión de hacer más numerosa mi hueste, a costa de los dineros que iba ganando. Pues que toda Francia estaba soliviantada en mi contra, me veía en grandes apuros para reclutar mesnaderos de los que por esta misma causa tanta necesidad tenía, y aproveché cuantos mercenarios se ofrecieron a mí, aun cuando no tuviera con qué pagarles a la semana siguiente.

Hube batalla con los franceses en una ocasión, el treinta y uno del mes, no lejos de la villa de Montargis. Aunque eran en número algo superiores, andaban atareados muchos custodiando la cuerda de presos que llevaban, lo que nos fue muy provechoso por sorprenderles nuestra carga poco apercibidos. Trabóse la lucha entre los árboles, a los que se retiraron tras de la carga y allí resistieron cuanto pudieron, que no fue mucho pues vinieron contra ellos los propios prisioneros que traían, haciéndose con algunas armas, y acabó la lid felizmente, suplidas nuestras pérdidas con tan voluntariosa ayuda.

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No hubo de pasar mucho tiempo, habiendo dejado algunos de mis hombres en Chartres, antes de topar con Lord Gundur y sus ingleses que salían muy quebrantados de un mal encuentro que aquel día habían tenido cerca de Paris con los del rey Carlos y a los que dimos muy donoso final, poniéndolos en desbandada.

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Con esto, ya provisto mi castillo con fuertes guardas que no habían de ser fácilmente penetradas, empecé a pensar en que quizás no era tan precaria mi situación y que tal vez podría granjearme un lugar de honor en los caminos de la gloria terrena (pues la celestial me estaría sin duda vedada por mis muchos pecados) con hazañas dignas de los cantares y los libros de Historia. En suma, dirigí mis ansias a la expansión de mis conquistas a nuevas plazas, de las que naciera mi incipiente princiado.

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Capítulo XV


Otro menester que me acuciaba y ocupaba muchos de mis pensamientos era el redimirme de las maldades que a mis villanos de Bretigny había hecho cuando aun no eran tales, por los que no era mi dominio grato a estas gentes. De nuevo púseme a su disposición y en cuanto pude ajuntar los dineros, lo que no fue asunto baladí, ordené la construcción de una escuela de primeras letras, a cargo del párroco de la villa para educar a los muchachos en lo divino y lo profano. Entonces, como ahora, no se usaban tales donaciones, por lo que quedaron muy asombrados y agradecidos los paisanos, viendo cada uno a sus hijos, ya obispos, ya Papas. También tomé a mi cargo el comprar y conducir a la villa un hato de reses, pues había sido aquel verano de mucha carestía y la guerra y las enfermedades habían mermado los ganados.

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No bien empezado el mes de septiembre del año de Gracia de mil trescientos y setenta y dos crucé espadas con Robert d’Artois, antiguo patrono mío en mis tiempos de correveidile del reino de Francia, al que me unía sincero afecto, a pesar, como recordaréis, del uso ilícito que hice de las rentas que me mandó recaudar, no entregándoselas como era mi deber.

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No lejos del castillo de Montargis trabamos batalla, a pesar de ser muy inferior el francés. Pelearon con bravura los suyos pero, herido monsieur d’Artois y muy quebrantados, pusiéronse en franca retirada. Quedó el señor en mi poder mas, atendiendo a nuestra antigua amistad, le liberé luego de hacerle atender por mi galeno, y aun le retribuí de muy buena gana aquella antigua deuda, no dejando que se partiera sin aceptarla. Los amigos no abundan en la guerra y no hay que renunciar a ellos porque estén en el bando contrario.

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No alargaré el relato de las primeras semanas de aquel mes sino diciendo que me dediqué de nuevo a correr los campos y las villas enemigas, con los excesos que de sobra son conocidos y no está en mi ánimo de viejo arrepentido el narrarlos de nuevo.

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Topé con varios señores que salían al campo con poca gente de armas, a solventar cuitas locales pero que tuvieron la desgracia de topar con mi mesnada, que sin ser muy nutrida, bastó a matarles a muchos hombres en los combates que hubimos. Otros se nos huyeron aprovechando la ligereza de sus bagajes. A los de Jean de Conflant cogimos tan de improviso, que sin ninguna desgracia nuestra, libertamos a todos los cautivos que traían, muchos rudos montañeses echados al saco y algunos ingleses, con gran alborozo suyo, y no menos mío, pues su ayuda me fue en adelante muy preciosa, como veréis.

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Después de asaltar la villa de Moulins, sin que desde el cercano castillo hicieran las guardas cosa algunas por impedirlo, recibí noticia del castellano que allí había dejado diciendo que Chartres estaba de nuevo cercado por los franceses y allá puse rumbo con rapidez, haciendo que los de a caballo, aun los de noble sangre, llevaran a la grupa a los peones. No era tan grande el peligro como temí, pero tampoco desdeñable pues monsieur de Fraichin mandaba contra mi fortaleza cien hombres bien pertrechados. Aunque yo no tenía tantos acometí con presteza a su hueste, que se vino a nosotros con igual valor.

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Trabamos una dura refriega, pues la carga de caballería no bastó a templar los ánimos de los franceses y la brega siguió, desempeñándose con singular arrojo los montañeses que rescatado habíamos, pero sin clara ventaja en ningún campo hasta que cayó herido Frainchi, flaqueando los suyos y enardecidos los míos, y finalmente cayó la victoria de nuestro lado con no demasiadas pérdidas. Una docena de ballesteros replegáronse a una loma y desde allí hacían su oficio, pero fueron pronto desalojados por mi caballería.

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Ya conjurada la amenaza a mis feudos, empeñé mis esfuerzos en la conquista de Montargis, castillo de madera pero de fortísima y sólida fábrica, de forzosa posesión para aquel que quisiera dominar las cuencas del Loira y el Sena entre las ciudades principales de Orleáns y Paris. Con esta intención me encaminé nuevamente a mi querida villa de Chalon donde sabía me recibirían alegremente. No había mermado un ápice el amor de los villanos, más cuando su nuevo señor les oprimía con duras corveas y malos usos, y tanto por ayudarme como por huir de tal miseria, más de treinta jóvenes campesinos me siguieron, lamentando mucho el concejo no poder pertrecharlos como otras veces, debido a la estrechez en que su señor los tenía.

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Corrió de mi cuenta, pues el armar y adiestrar  a los reclutas, que por lo resueltos aprendieron prontamente y se encuadraron en el número de mis milicias. Así, con más de cien peones y caballeros, franceses e ingleses en feliz armonía, marché sobre Montargis y acampé frente a sus muros el dieciséis de agosto. Propusieron algunos de mis lugartenientes el pegar fuego a los troncos pero no consentí tal cosa por no perder la plaza, lo que hubiera sido de gran perjuicio y poco provecho.

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No eran muchos los defensores, aun con los de monsieur d’ Etrosq, caballero que paraba allí con una escolta y viose sorprendido por el ataque, haciéndose cargo de la defensa en ausencia del castellano, y a pesar de su valor, no pudieron contener mucho tiempo el asalto de los muros, viéndose pronto desbordados. Los hombres se enardecían al verme codo con codo con ellos, animando con mis voces y bañando en sangre la hoja de mi espada.

Ganadas las murallas fui el primero en precipitarme al patio y combatir con no pocos enemigos hasta que vinieron los míos a igualar la pelea y acabar con los últimos resistentes. Monsieur d’Etrosq quedó herido y en mi poder, así como otros muchos de los franceses, aunque más fueron los muertos por lo enconado de la defensa. Por mi parte no hube de lamentar sino unas veinte bajas entre muertos y heridos.

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Me veía ahora en nuevos apuros para guarnecer Montargis, de modo que dejé defendiendo la plaza a la mayoría de los soldados que conmigo traía, además de muchos ingleses que habían estado presos en el castillo y con mis más fieles caballeros me encaminé a buscar nuevos brazos que acrecentaran mi mesnada y mis gastos. En la villa de Montargis hallé buena disposición de los habitantes a mi dominio, pues este lugar había escapado a mis campañas de saco, refrenándome al pensar que sería mío algún día.

Dirigiéndonos de noche a Orleáns, para burlar las guardas y entrarnos en el burgo, tuvimos un encuentro que pudo ser malo, pues en un bosquecillo que no dista mucho de la ciudad, nos vimos acometidos de una docena de salvajes montañeses que cargaron en la oscuridad contra nosotros, que estábamos solos y desapercibidos. No esperaban encontrarse con cumplidos caballeros y a no poco tardar dimos buen fin a la aventura aunque quedando algunos heridos en mi séquito.

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Entrados que fuimos en la plaza, reconocí en una taberna a cierto caballero que había abandonado mi servicio para buscar fortuna poco tiempo atrás. No debió encontrarla y quiso de nuevo unirse a mí, recibiéndolo yo muy enhorabuena.

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Dueño de dos castillos y controlando el camino entre las dos ciudades más importantes de Francia, mi aventurada rebeldía empezaba a tomar visos de algo más grande. Parecía que las puertas de la gloria no estaban tan lejos y estaba dispuesto a franquearlas, ya fuera colándome por un resquicio o bien tumbando las jambas con un ariete.

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Capítulo XVI


Pasó el mes siguiente a la conquista de Montargis sin hechos de relevancia en el campo de las armas, andando yo ocupado en guarnecer mi posesión y recomponer mi hueste, y los franceses en recuperarse del golpe que ponía en peligro los valles del Loira y el Sena, amenazando el corazón del reino: las ciudades de Paris y Orleáns.

Entrado septiembre quise visitar a mis fieles paisanos en Chalon, que se veían en amargo trance, pues eran víctimas de unos bandoleros sin que su supuesto señor hiciera nada por remediar a las pobres gentes. Nos prestamos yo y mis hombres para la tarea de expulsar a los indeseables que fue cumplida con  la ayuda de los campesinos en poco tiempo, con gran escarmiento de los bandidos. Una docena de jóvenes engrosaban mis filas al abandonar la villa.

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De camino al norte, entré embozado en Dijon, donde contraté con gran dispendio a unos recios mercenarios preciados de caballeros. Era grande mi penuria de dineros pero más lo era la de gentes, estando como estaba acosado por aquellos dos poderosos reinos.

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No tardaron mucho estos caballeros en probar su valía, a fe mía que bien fundada, pues topamos cerca del Sena, según discurre al sur de Paris, con el Conde Richard, de los ingleses, con hueste pareja a la mía, ambas rondando las cuarenta lanzas. Acometimos los dos con mucho ánimo, mas confiando en lo boscoso del terreno, quedó se el inglés como emboscado, no sin ser advertido de los míos. Chocaron las dos alas de a caballo, siendo la suya más escasa, cedió pronto, con lo que se vieron los peones envueltos y se trabó lucha cerrada con gran fiereza, quedando los míos dueños del campo, no sin muchas dolorosas bajas, pues fueron heridos la mitad de mis hombres.

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De vuelta a mis feudos, otro inglés salióme al encuentro. Llevaba yo mucha gente herida pero no sirvió esto para refrenar mi audacia y dimos la batalla cerca de Chartres, quedando los ingleses de Lord Frere derrotados y en desbandada, con la más de la gente muerta.

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En Orlèans la recluta de unos ballesteros, muy necesarios a la guarda de mis castillos y de un caballero de buenas trazas, me ocasionaron tan aguda falta de dineros que hube de lanzarme al pillaje, muy en contra de mi voluntad.

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Marché al norte, para escarmentar a los ingleses por sus últimas tentativas de hacerme mal y arrasé Evreux. Tras pasar la noche entre infames divertimentos, mis soldados fueron sorprendidos por las tropas de Lord Laruquen, que vinieron sobre nosotros con la connivencia de los villanos de Evreux, montando más de cien hombres. Era nuestra capacidad de maniobra escasa por hallarse los hombres dispersos en las estrechas calles y muchos ebrios, pero logré formar un frente al que se fueron acogiendo los que escapaban. Con esta fuerza emprendimos el contraataque, quebrando pronto la fortaleza de los paisanos y aislando a los soldados. Así, todos fueron muertos, presos o huidos, cayendo de mi parte tan solo un miliciano.

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En Rouen, en mis típicas búsquedas de fuertes brazos, topé con un médico, hombre de edad y poco guerrero ánimo, pero que acogí en mi mesnada con sumo gusto de sus habilidades, y de su amena conversación, que .

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Sabed que no era mi intención hacer mi nombre poco grato a los ingleses, sino muy al contrario, cultivar la amistad de alguna de las villas normandas que a ellos tributan, para así conocer y usar en mi beneficio el secreto del arco galés, que tantas victorias ha dado a los isleños. Mas no queriendo en ninguna villa recibirme, denostándome y tratándome de ladrón y asesino, abrieron la puerta de mi ira al demonio que se entró por ella, decidiéndome a ser para ellos tal cosa como la que me reprochaban, si así lo querían.

Tuve al fin oportunidad de mostrar mi buena disposición en la villa de Dieppe, que encontré hecha abrevadero de una banda de malhechores, a los que acometí luego, haiendo gran matanza de ellos, de lo que quedó muy satisfecho el concejo de la villa y toda su población. Híceles ver cuán más provechosa les era la amistad con mi principado que la hostilidad y la ingratitud hacia quien tan honesta merced les había concedido, en libertándolos de aquella indeseable ralea, y no me fui sin arrancarles antes un tributo de hombres duchos en el diabólico arco de tejo, que me fue muy costoso negociar por el mucho temor en que les tenían las represalias de la traición que hacían a su señor. Mas, atrueco de concesiones y promesas, logré mi objetivo y marché de Normandía muy ufano en busca de más aventuras.

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Capítulo XVII


Excusad mi torpe pluma / señoras y caballeros

pues no ha habido ni habrá / en los siglos venideros

cantor con tan poca gracia / en declamar sus versos

como éste a quien sus padres / pusieron por nombre Guillermo.

Pintaros quiero mi historia / con los colores más ciertos

que me permita la virgen / María que está en los cielos,

a cuya Gracia le pido / fuerzas para el mío aliento

y paciencia al auditorio / para escuchar lo que cuento.

Que mester de juglaría / no es propio de caballero

bien lo sé, mas, ¿que le importa / lo que es propio a un hombre viejo?

Pues que juglares no cantan / mis penas y mis desvelos

como cantaron del Cid, / de Roldán y de otros fieros

capitanes de mesnadas / y caudillos de guerreros,

que los cante yo es justicia / y aunque no sean mis hechos

parejos a los de tales / señores, tengo por cierto

que os ha de dar algún gozo / o al menos entreteneros.


Como bien sabréis aquellos / que leyerais mi relato

llegaba a su fin septiembre / y andaba corriendo el campo

con solas cuarenta lanzas / y durmiendo siempre al raso

mas sabiendo que en Dieppe / había hecho buen trato

y que no habrían de faltarme / tiradores de arco largo.

En tales pensamientos / me hallaba yo concentrado

cuando llamaron al arma / los batidores del campo:

que venían los franceses, / muchos de a pie y de a caballo

y que era Charles de Beaumanoir / el que cabalgaba a su mando.

No quise huir el combate / mas tampoco provocarlo,

vio el de Francia la ventaja / y se vino de buen grado

con arrogancia bizarra / de caballero bien criado,

mas andaban prevenidos / los que luchaban de mi lado.


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Chocaron lanzas y bestias, / espadas sangrientas se alzaron,

muchos hombres cayeron, / algunos se levantaron

y otros allí sus ánimas / al Creador entregaron.

De éstos fueron muchos / los franceses que expiraron;

que Dios acoja sus almas / y perdone mis pecados,

que no tengo mayor pena / que el haber muerto cristianos.

Ganado el campo que fue / por los mis fieles soldados,

quedó Charles de Beaumanoir / prisionero en mis manos,

mas a cuenta de haber sido / amigos en el pasado

no lo quise retener / y mandé fuera liberado,

que es de varón prudente / hacer el bien si nos es dado.


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Topé más tarde a un inglés, / que se me huyó como galgo,

llamábase Lord Faarn / mas cuando ya le iba alcanzando

me salió al encuentro otro / con la intención de salvarlo.

Juntaron entre los dos / setenta lanzas de largo

y cayeron sobre mi hueste / en nombre del Rey Eduardo;

más les hubiera valido / encomendarse a algún santo,

pues cargué con mis jinetes / y les hice gran estrago,

quedando los más difuntos / y los otros malparados;

de mis lanzas una sola / salió con algún quebranto

y al fugitivo Lord Faarn / lo puse luego a recaudo.


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La mesnada de otro inglés, / que Lord Marayirr llamaban

sufrió parejo destino / a manos de mis espadas,

pero escapó su caudillo / al ver tamaña desgracia,

galopando hacia Rouen, / y entrando en aquella plaza.


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Quise tomar un respiro / después de tantas batallas,

que era grande la fatiga / que mi gente acumulaba

y era urgente menester / para seguir en campaña

nuevos bríos en los cuerpos / y en el campo nuevas lanzas.

Así me llegué a Chalon / donde siempre me esperaban

aquellos fieles villanos / que el rey Carlos me quitara,

que siempre estaban prestos, / aunque el Diablo les llevara,

a poner su juventud / al servicio de mi causa.

Veinte mozos bien aviados / se unieron a mi mesnada

y en Dijon, seis ballesteros / de a tanto la ballestada.


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Mas es sin tregua la vida / de aquel que llaman felón

aunque fuera con justicia / su acto de rebelión.

que bueno fuera este vasallo / si hubiese buen señor,

como decían de aquel / Ruy Díaz Campeador.

Noventa en mi hueste traía, / cuando cerca de Beaumont

cruzáronseme otros tantos / con la flor de lis por blasón,

Bertrand de Guèselle era / su capitán y señor.


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Vime en algún mal paso / en la batalla que siguió

pues fue muerto mi caballo / y a poco no lo fui yo;

al verme así desmontado / se vinieron sin honor

a darme muerte en el suelo / mas no les dejé ocasión,

revolvíme espada en mano / y rugiendo de furor

mandé a no pocos franceses / a dar cuentas al Señor.

Mis fuerzas ya menguaban / y un lancero traidor

me dio una mala lanzada / mientras yo enfrentaba un peón.


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Allí hubiera dado mi alma / si no es por intercesión

de algún santo bondadoso / y de una carga feroz

que mis buenos caballeros, / viendo mal a su señor,

dieron con mucho acierto / e inusitado valor.

Rompieron líneas los otros, / y la batalla acabó

para mí, pues sin montura, / nunca puede un cazador

prender a la bestia rauda / ni al enemigo veloz.


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De otras grandes batallas / y prodigios muy de ver

os he de contar otro día / pues se empieza a entumecer

esta lengua poco ducha / en cantar y en componer.


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