Capítulo XIV
En mis muchas correrías había allegado un razonable botín en armas y guerreros arreos, que colmaba lo que mi hueste pudiera necesitar para su avío propio. Quise sacar algún provecho de tal botín, para lo cual me fue forzoso introducirme secretamente en la ciudad de Paris, aprovechando el mercado que se hacía y vender allí las piezas. De lo que saqué y aun más, dieron buena cuenta unos caballeros sin señor que tuvieron la gentileza de acompañarme siguiendo el tintineo de las monedas de mi faltriquera. Gran contrariedad hube cuando recordé que era día de soldada para mis hombres y que con tan liberal dispendio no podría afrontar el pago. Temiendo una revuelta, armé en campaña a un buen número de mis soldados, pues la molicie es grande amiga de conductas levantiscas, y quise salir a buscar por cualesquiera medios los dineros que les adeudaba, que nunca fue Guillermo de Chalon hombre que deje de cumplir lo que promete.
Topamos una caravana de mercaderes franceses, a la que exigí entregaran su oro. Venían con razonable guarda y esto les dio más valor que seso, pues si bien bastaba esa guarda a disuadir el pillaje de los salteadores, nada podía contra mi hueste que montaba cuatro veces más hombres. Quisieron bregar, confiando en huirse los mercaderes a través del bosque a la no distante plaza de Paris, llevándose los dineros, mas no estuvo de Dios tal cosa y los arrollamos sin desgracias por nuestra parte. Era muy pobre la mercadería que traían y poco el oro, pero llevaban consigo una cuerda de presos ingleses a los que di muy buena acogida, si bien no sirvió esto para aliviar mis finanzas sino más bien para hacerlas más precarias, pues más bocas se ajuntaban a mi mesnada.
Dejé a los más de mis soldados en Chartres pues me era de gran estorbo andar en campaña con más de cien lanzas y di sobre varias caravanas de ingleses y franceses, cuyos capataces fueron más sensatos y se avinieron a pagar a cambio de libre paso.
Recibí de los ingleses una propuesta de rescate por su rey, que era cautivo en mi poder, mas, aun estando tan necesitado de dineros como estaba, era tan ridícula la cantidad que la denegué luego por parecerme grave injuria hacia mí y hacia el propio rey Eduardo. Sí acepté el rescate, más razonable, que me ofrecieron por el señor francés que obraba también en mi poder.
Mas como no bastaba el mester de arancelero para atajar el ayuno de mi bolsa, Dios me perdone, me arrojé al saco y al pillaje en muchas aldeas y villas, sin distinguir ingleses ni franceses, pues en ambos campos se me trataba ya de bandolero y cruel asesino. Muchas tropelías hicieron mis hombres, y yo la más grande de todas que fue el haber consentido las de ellos.
En estos menesteres de saqueo en poblado y asalto en despoblado pasé lo que restaba del mes de agosto de mil trescientos y setenta y dos, tiempo en que tampoco perdí ocasión de hacer más numerosa mi hueste, a costa de los dineros que iba ganando. Pues que toda Francia estaba soliviantada en mi contra, me veía en grandes apuros para reclutar mesnaderos de los que por esta misma causa tanta necesidad tenía, y aproveché cuantos mercenarios se ofrecieron a mí, aun cuando no tuviera con qué pagarles a la semana siguiente.
Hube batalla con los franceses en una ocasión, el treinta y uno del mes, no lejos de la villa de Montargis. Aunque eran en número algo superiores, andaban atareados muchos custodiando la cuerda de presos que llevaban, lo que nos fue muy provechoso por sorprenderles nuestra carga poco apercibidos. Trabóse la lucha entre los árboles, a los que se retiraron tras de la carga y allí resistieron cuanto pudieron, que no fue mucho pues vinieron contra ellos los propios prisioneros que traían, haciéndose con algunas armas, y acabó la lid felizmente, suplidas nuestras pérdidas con tan voluntariosa ayuda.
No hubo de pasar mucho tiempo, habiendo dejado algunos de mis hombres en Chartres, antes de topar con Lord Gundur y sus ingleses que salían muy quebrantados de un mal encuentro que aquel día habían tenido cerca de Paris con los del rey Carlos y a los que dimos muy donoso final, poniéndolos en desbandada.
Con esto, ya provisto mi castillo con fuertes guardas que no habían de ser fácilmente penetradas, empecé a pensar en que quizás no era tan precaria mi situación y que tal vez podría granjearme un lugar de honor en los caminos de la gloria terrena (pues la celestial me estaría sin duda vedada por mis muchos pecados) con hazañas dignas de los cantares y los libros de Historia. En suma, dirigí mis ansias a la expansión de mis conquistas a nuevas plazas, de las que naciera mi incipiente princiado.





































































